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RUMOROLOGÍA

Cotillear, rumorear, chismorrear, hablar a las espaldas. Lo consideramos un mal hábito, un comportamiento indeseable, algo que debemos evitar a toda costa. Sin embargo, es parte de nosotros, lo queramos o no. Puedes hacer la prueba: mete la oreja en cualquier conversación con que te encuentres; verás que el contenido es el mismo la mayoría de las veces: "Fulano y Mengana se casan", "Fulano y Mengana se divorcian", "Fulano me cae bien", "Fulano me cae mal", "el otro día estuve con Fulano", "a ver si quedo con Mengana que hace tiempo que no la veo"... O piensa qué tienen en común los reality-shows, los talent-shows, los programas del corazón, los youtubers y los instagrammers que tanto triunfan: son historias de personas. Eso es lo que nos atrae, lo que nos intriga, lo que nos fascina. La pregunta entonces es ¿para qué sirve gastar horas hablando del vecino? En el artículo de hoy examinaremos esta cuestión para descubrir que el cotilleo está en nuestro ADN porque desempeña un papel crucial como cohesivo social, igual que el humor, la religión o la música. 

Más en concreto, el guión de hoy es éste. Primero, ¿qué es cotillear? En este punto definiremos en qué consiste chismorrear y qué formas adopta preferentemente el chismorreo. Segundo, ¿es el cotilleo parte de nuestra naturaleza? Aquí repasaremos un montón de evidencias que apuntan a la naturaleza innata del chismorreo. Tercero, ¿para qué sirve cotillear? Llegados a este punto habremos descubierto que rumorear, en efecto, es una conducta de lo más natural y será momento de averiguar qué función tan crucial cumple para haber quedado fijado en nuestra biología. Cuarto, ¿cotillear es siempre bueno? En este último apartado hablaremos del lado oscuro del cotilleo, pues también lo tiene, y extraeremos algunas lecciones para mantener un cotilleo sano. Hala, vamos al lío: se habla, se dice, se comenta, se rumorea...

1, ¿QUÉ ES EL COTILLEO?

Cotillear es hablar con alguien sobre una persona ausente y hacerlo de una manera relajada, informal y entretenida. Esa persona sobre la que cotilleamos puede ser de nuestro círculo social o una celebrity. Y podemos hablar de sus logros ("¿sabías que Fulano se ha sacado el grado en matemáticas con cum laude?"), de su físico ("¿sabías que Fulano ha subido de peso un montón?") o de sus relaciones con otras personas ("¿sabías que Fulano lo ha dejado con Mengana?"). Y en todo caso, podemos hacerlo en sentido positivo (elogiar) o negativo (criticar). 

En estudios que graban y analizan conversaciones naturales se observa que el chismorreo sigue un patrón concreto. Hablamos más sobre personas de nuestro círculo que sobre celebrities. Hablamos más sobre personas de nuestro mismo sexo (los chicos, sobre chicos; las chicas, sobre chicas) y de nuestra misma edad. Hablamos más sobre las relaciones y anécdotas de esas personas que sobre sus logros o su físico. Si esa persona es rival, hablamos de su desgracia; si es aliado, de su éxito. En fin, decimos, hablamos, comentamos, rumoreamos, sobre lo que las personas de nuestro círculo social y que más se parecen a nosotros hacen con otras personas y lo hacemos en sentido crítico cuando son competidores y en sentido positivo cuando están en nuestro bando. 

Por estudios con fMRI, que observan la actividad del cerebro, conocemos qué ocurre cabeza adentro cuando somos expuestos a cotilleo. Para empezar, las áreas del cerebro que responden al cotilleo forman parte de la corteza prefrontal que, como sabemos, es la parte encargada de razonar y de emitir juicios y tiene muchas conexiones de ida y vuelta con el sistema límbico o emocional. O sea, el cotilleo nos hace reflexionar y nos hace sentir. Cuando el cotilleo es sobre nosotros la activación prefrontal es mayor que cuando se refiere a amigos o celebrities. Hay también mayor activación cuando el cotilleo refleja una transgresión moral, un comportamiento indeseable, que cuando es una buena obra. Y un dato curioso: si el chisme desvela la falta cometida por una celebrity se activa intensamente nuestro sistema cerebral de recompensa, lo que refleja que el error de la persona con alto estatus nos da placer; pero lo mejor es que no reportamos ese disfrute cuando nos piden valorar la noticia. Ese acto de hipocresía (sentir placer por la desgracia del poderoso pero disimularlo) implica a un punto concreto del córtex prefrontal, encargado del autocontrol.

En conclusión, cotillear es hablar de personas que no están presentes, personas preferentemente de nuestro círculo de amigos y de nuestro mismo sexo y edad, y hablar preferentemente sobre sus comportamientos sociales. Cotillear nos da placer, especialmente si lo hacemos sobre la desgracia de la persona con alto estatus, y pone a funcionar la parte racional del cerebro, pues implica hacer juicios morales. 

2, ¿COTILLEAR FORMA PARTE DE NUESTRA NATURALEZA?

Al final de este apartado habremos aprendido dos cosas. Por un lado, el cotilleo es parte consustancial de nuestras vidas, aparece de forma masiva y recurrente. Por otra parte, la manera como nuestra mente y nuestro cerebro están configurados parecen predisponernos al chismorreo. Lo vemos.

Los chismes son el tema estrella de nuestras conversaciones. En un estudio se grabaron montones de conversaciones de cafetería de personas que se conocían entre sí. Para analizarlas se dividieron en fragmentos de 30 segundos y se miró cuál es el tema de conversación en cada fragmento. Así, se observó que el cotilleo, las cosas que hace o deja de hacer Fulano o Mengana, ocupa el 55% de la conversación cuando quienes hablan son dos hombres y el 67% cuando son dos mujeres. O sea, más o menos, dos tercios de lo que hablamos son chismes. 

La prensa rosa y los programas del corazón son líderes de audiencia. Por ejemplo, los lectores de Pronto, Hola o Lecturas, las tres principales revistas del corazón, suman cinco millones. National Geographic o Muy Interesante, que son las de divulgación científica más vendidas, apenas superan el millón de lectores. Y según los datos de share, tres de los diez programas más vistos en televisión son del corazón y ocupan esos primeros puestos sólo por debajo de los informativos. 

El cotilleo es un fenómeno universal: aparece en todas las culturas y épocas. En la antigüedad clásica, las civilizaciones griega y romana, se recurría a la mitología. Los cristianos crean la figura del mártir. En la edad media se hablaba de la nobleza y la realeza. Y en todos los casos son historias moralizantes, relatos de personas que obraban bien o mal y, consecuentemente, obtenían éxito o desgracia.

El cotilleo lo practicamos todos, con independencia del tipo de persona que seamos. Por ejemplo, un estudio examinó la relación entre chismorreo y ciertos rasgos de personalidad. En concreto, querían ver si las personas con más malicia son las que le dan más al chismorreo, las más criticonas. En el estudio los participantes contestaban dos cuestionarios, uno sobre sus hábitos de cotilleo y otro sobre rasgos de personalidad maquiavélica (cuestiones sobre tu nivel de narcisismo, de manipulación y de psicopatía). No se encontró asociación entre estos rasgos y el patrón de cotilleo.

El cotilleo aparece a edades muy tempranas. En un estudio se reunió una muestra de niños y niñas de cinco años. Se les hacía jugar a un juego con unas marionetas. En una partida, el niño se coloca a un lado de un biombo y la marioneta queda en el otro lado. El biombo está atravesado por unos tubos. El niño recibe unas fichas y debe ir pasándolas por un tubo para mandárselas a la marioneta. Luego la marioneta las introduce por el otro tubo para devolvérselas al niño. Bien, la cosa es que una marioneta es legal y devuelve todas las fichas que recibe; la otra es tramposa, recibe cuatro fichas pero sólo devuelve una. Una vez el niño ha terminado de jugar con las dos marionetas, llega el investigador, que va a echar una sola partida. Entonces le pregunta al niño con qué marioneta debería jugar dicha partida. Y aquí el niño tiene dos opciones: una es limitarse a indicar cuál es la marioneta idónea ("es mejor jugar con la verde", "es mejor jugar con la amarilla") y otra es indicarlo pero además añadir comentarios valorativos, del tipo "el muñeco verde es un fullero" o "no te fíes del muñeco verde, que hace trampas". Vale, pues dos tercios de los niños hicieron comentarios valorativos. Así, a los cinco años ya hablamos sobre lo que bien o mal que se comporta Fulanito.

Todos estos indicios reflejan que el cotilleo es universal y es que parece que nuestro cerebro está tuneado para ello. Primero, tenemos tendencia a prestar más atención a las cosas negativas que a las positivas. En un estudio se presentaban palabras en un monitor de forma subliminal (sólo se veían durante la centésima parte de un segundo). Las palabras podían referirse a conceptos positivos (bebé, caramelo, gatito, diversión, primavera) o negativos (atracador, bomba, serpiente, infierno, cáncer). Tras la presentación, los participantes debían pulsar un botón para determinar si la palabra era positiva o negativa. La precisión era muchísimo mayor cuando la palabra era negativa. Esto puede explicar nuestra afición por la desgracia ajena...

También está muy documentado el "sesgo de saliencia", por el cual tendemos a recordar más los sucesos de mayor impacto emocional, los que más nos tocan, nos interpelan. Por eso creemos que los aviones son súper peligrosos o que los terremotos ocurren constantemente, cuando en realidad el coche es millones de veces más letal que el avión y es más fácil morir atropellado que sufrir un terremoto grave: los accidentes de avión y los terremotos fuertes, cuando (raramente) se producen, se graban en nuestras retinas por lo sorprendentes y macabros que resultan. Y lo mismo ocurre con las experiencias de nuestros allegados. Si tu cuñado se compra un Nissan y le da problemas, tú asumes que Nissan es una marca muy mala aún cuando la estadística revela que es de las que menos pasa por taller; si tu prima saca la oposición a maestra de inglés, asumes que es una plaza asequible aún cuando la estadística revela que la probabilidad de sacarla es baja y no diferente a otras oposiciones. Las historias de personas, las anécdotas, nos valen más que mil estadísticas.

Una serie de estudios muy elegante demuestra que estamos cableados para hacer cálculos complejos si eso sirve para identificar tipos que no son de fiar. A los participantes en el estudio se les pide resolver problemas de lógica. Hay unas cartas con texto o imágenes en las dos caras. El diseño de las cartas debe seguir cierta lógica. Por ejemplo, si una cara contiene un "7", su otra cara debe ser de color rojo. Al participante se le explica primero la lógica del diseño y luego se le presentan cuatro cartas en cierta posición (sólo puedes ver una de sus caras). La tarea del participante es determinar qué cartas debería voltear como mínimo para averiguar si están bien construidas o no (si siguen la lógica prevista). Pues bien, si las cartas contienen elementos neutros (como cifras y colores), los participantes tienen un rendimiento muy pobre. Pero cuando se inventa una historia alrededor del juego y se le da un contenido social a las cartas, el rendimiento crece exponencialmente. El juego se plantea de este estilo: "imagina que empiezas a trabajar como administrativo en un instituto de secundaria, en sustitución de una persona que fue despedida por incompetente, y debes comprobar si hizo bien su trabajo, mirando que los alumnos que obtuvieron un sobresaliente han sido consignados con un 3". Esto refleja que no tenemos una habilidad general para la lógica sino específica: cuando hay que pillar al mentiroso, al aprovechado o al torpe es cuando aplicamos la lógica a las mil maravillas. 

También es interesante recordar que tenemos un módulo cerebral dedicado en exclusiva a reconocer caras. Lo sabemos porque la lesión de una parte muy concreta del cerebro (que queda más o menos cerca de la nuca) produce prosopagnosia: incapacidad para reconocer caras, manteniendo intacta la capacidad para reconocer objetos y lugares. Así pues, saber quién es quién, identificar a nuestros congéneres, es una función básica. Y tiene sentido: sólo de esa forma podemos asociar un individuo a su reputación, saber si quien tenemos enfrente es aliado o rival, si es competente, aprovechado o torpe.

Por último y tal como mencioné arriba, los centros cerebrales de la recompensa se activan al escuchar chismes sobre celebrities. Nos produce placer saber que una persona de alto estatus tiene poca fortuna. 

En fin, el cotilleo es omnipresente y es que estamos tuneados para ello. Las cosas que hacen o dejan de hacer las personas que conocemos es el tema de conversación más frecuente y es así en todas las culturas y épocas y con independencia del tipo de persona que seas. Nuestro cerebro tiene preferencia por la información de tipo social y de tipo negativo, por la anécdota que le pasó a tu amigo, por la desgracia que sufrió tal celebrity, por la forma del rostro que identifica a mis conocidos.

3, ¿QUÉ FUNCIÓN CUMPLE EL COTILLEO?

Ha llegado la pregunta del millón. Ya sabemos que las historias de personas son lo que nos seduce y nos cautiva, que nos vale más una anécdota que mil estadísticas y que nos pasamos el día chismorreando sobre el vecino o enganchados al último talent-show de cocineros o de abuelos cantantes. La pregunta es ¿por qué? ¿Por qué esa tendencia natural al cotilleo? Vamos a ver que cumple varias funciones pero todas se resumen en una misión fundamental: contribuir a la cohesión social.

Una primera función del cotilleo es que imparte moral: te dice cómo debes comportarte en el grupo social, qué comportamientos son censurables y qué le ocurre a quien transgrede las normas. En un estudio con universitarios se les puso un clip de vídeo donde se veía el comportamiento de una estudiante. En una condición, la estudiante iba caminando y tiraba una lata de refresco en medio del campus; en otra condición, la estudiante pasaba andando junto a la misma lata de refresco, tirada en el suelo; en otra, iba caminando y al toparse con la lata tirada en el suelo, la recogía. Los participantes veían los vídeos en una sala junto con otro participante. Se les pedía comentar juntos lo que habían visto y también rellenar un pequeño cuestionario. Cuando el vídeo mostraba la conducta censurable (la chica que tira la lata al suelo), los participantes emitían muchos más comentarios y reportaban tener más presentes las normas del campus que si el vídeo reflejaba un comportamiento recto. En una serie de estudios que analizaban las conversaciones naturales entre miembros de varios gremios (ganaderos, mariscadores, remeros) se encontró que quien se escaquea o roba se convierte sistemáticamente en objeto de cotilleo. Se habla sistemáticamente del tramposo y también se le margina, motivándolo a cambiar. En fin, las transgresiones de las normas sociales son lo que suscita la conversación, el cotilleo, y lo que recuerda cómo debes comportarte para prosperar en el grupo.

Una segunda función del cotilleo es el manejo del estatus. A todos nos conviene mejorar nuestro estatus social o, en todo caso, no perder el que ya has logrado. Es de lógica, pues, que nos atraiga especialmente lo que les pasa a nuestros rivales y a nuestros aliados. De los rivales, nos interesa que pierdan estatus; de nuestros aliados, que lo ganen. Es de esperar que pongamos el foco en esas cuestiones. La ciencia lo respalda. En una serie de estudios se presenta a los participantes un conjunto de noticias sobre celebrities y otras personas conocidas y se les pide que valoren cuán interesantes les resultan y que indiquen a quién creen que les podrían interesar más. El patrón de resultados es consistente: lo que nos atrae es la desgracia del rival y la fortuna del aliado y, como ya mencioné antes, más si es de una persona de nuestro mismo sexo y edad (pues éstos, los más afines, son nuestros verdaderos rivales y aliados). 

Una última función es crear y fortalecer el vínculo entre las personas. En un estudio se les presentaba un audio a los participantes. El audio era una conversación entre dos personajes, Brad y Melissa. Al terminar de escuchar, se les pedía al participante que indicase su opinión sobre Brad: debía identificar algo que le había gustado de él, algo que le había disgustado y decir en qué medida le gustaba o disgustaba en una escala 0-10. Luego se juntaba a dos participantes, que podían coincidir o diferir en su opinión sobre Brad, y se les ponía a charlar un rato. Al final, se les pasaba una pequeña encuesta de conexión con el compañero, que valorasen la química que habían sentido con ese otro participante con quienes les habían juntado. El resultado fue que quienes coincidían en su crítica a Brad, reportaban sentir mayor conexión. Sí, amigos: criticar une. 

En resumen, cotillear nos enseña las normas del grupo, nos permite gestionar nuestro estatus, manteniéndonos informados de la desgracia o fortuna de rivales y aliados, y nos permite hacer buenas migas con quienes podemos chismorrear a gusto. Somos seres sociales y, como tal, es lógico que toda la información sobre relaciones sociales resulte crítica y, por consiguiente, nos seduzca sobremanera. Estamos tuneados para buscar y memorizar todo lo que tenga que ver con nuestros iguales, pues de otro modo no podremos encajar, sobrevivir ni medrar en el grupo.

4, ¿CUÁNDO EL COTILLEO SE CONVIERTE EN UN PROBLEMA?

Se desprende de lo anterior que el cotilleo es, en primer lugar, algo natural y, aparte, un comportamiento deseable, pues favorece la cohesión grupal. Uno podría entonces venirse arriba y entregarse al cotilleo como si no hubiera un mañana. Pero no: como todo en esta vida, el cotilleo en exceso resulta contraproducente. ¿Cuáles son los riesgos de un cotilleo exagerado?

Primer riesgo: ser un bocachancla. Hay gente que no sabe guardar un secreto, compartes información sensible con ellos y, a la menor ocasión, lo sueltan. Esto es un problema porque atenta contra la segunda función del cotilleo: el manejo del estatus. Una persona que desvela información sensible a la audiencia inadecuada provoca que el sujeto de tal información vea peligrar su estatus. Pongamos que quieres mejorar tu estatus y planeas ganarle terreno a un rival directo; el bocachancla se entera y se lo cuenta a ese rival; éste entonces podrá prepararse para la competición, repeler tu ataque y desbaratar tus planes. El bocachancla lo es por descuido, en el mejor de los casos, o también por malicia. En este segundo caso, puesto que ser malvado, calculador, egoísta, tramposo, es un comportamiento indeseable en el grupo, rápidamente te convertirás en el objetivo de los cotilleos y serás relegado; sólo corrigiendo tu conducta podrás recuperar el aprecio del grupo. De ser así, estaríamos ante un fenómeno curioso: un cotilleo (sano) sirve para eliminar otro cotilleo (el del bocachancla malintencionado).

Segundo riesgo: difamar y difundir fake news. El cotilleo es una afición, es un impulso natural, ya lo hemos visto. Como tal, es difícil de reprimir: tendemos, por fuerza mayor, a chismorrear. Eso puede provocar que chismorreémos información falsa, pues no seamos capaces de detenernos a comprobar su veracidad. Es tal el deseo de hablar de la última anécdota de Fulano, del más chisme caliente, que difícilmente nos contenemos y nos paramos a hacer las comprobaciones pertinentes (que muchas veces no van más allá de usar el puro sentido común). Esto explica buena parte del fenómeno de las fake news.

Tercer riesgo: adicción a las celebrities y al periodismo del corazón. Está ya bien claro: estamos cableados hacia lo que les pasa a nuestros congéneres. Es información vital, pues de ello depende nuestra aceptación y nuestro estatus en el grupo. El problema viene cuando el sujeto sobre el que queremos saberlo todo es una celebrity, cuyo comportamiento no nos afecta realmente. Esto es una novedad. En el paleolítico (que es cuando se forjó nuestro cerebro) los grupos no excedían los 150 miembros. Todos y cada uno de esos 150 te interesan porque su comportamiento te afecta. Si uno de ésos roba, si no arrima el hombro lo suficiente, si es torpe, si es fuerte, si es ingenioso, diestro, audaz, todo eso te afecta: de ello puede depender la consecución de recursos suficientes para la supervivencia del grupo. Pero ¿qué narices me importa que las Kardashian coleccionen coches súperdeportivos de lujo? Lo que ocurre aquí es una discordancia evolutiva: tenemos cerebros tuneados hacia lo que hacen nuestros vecinos, que no son más que el puñado de gente que duerme una o dos cabañas más allá, pero hoy, gracias a la televisión e Instagram, nuestros vecinos son también una familia de ascendencia armenia que vive en Los Ángeles (y que entre todos tienen más silicona que las juntas de las ventanas de un rascacielos). El resultado es que tratamos a esas personas irrelevantes como verdaderos aliados o rivales, como allegados. 

Un problema añadido de esta discordancia entre nuestra naturaleza y el mundo tecnológico de hoy es alimentar el periodismo del corazón. La prensa rosa y los programas del corazón viven de esta tendencia humana al cotilleo. Pero es un periodismo mezquino, cizañero y reaccionario. Mezquino porque no tiene reparo en desvelar y explotar las miserias de la gente. Cizañero porque no tiene reparo en inventar o difamar con tal de obtener carnaza. Reaccionario porque, en el fondo, no acepta una vida que no sea estrictamente tradicional: tener un noviazgo largo, casarse por la iglesia, tener hijos, no tener ningún vaivén emocional, no tener ningún desliz con la ley y atender siempre a los paparazzis con una sonrisa y total disposición. En el momento en que te emborrachas, te saltas un semáforo, te divorcias o simplemente tienes el día "de no" (cosas que le pasan a todo el mundo alguna vez), ya entras en la lista negra: se van a cebar contigo. Pero eso demuestra también una doble moral por su parte: según ellos, eres una persona despreciable, pero aún así siguen comerciando con tus historias! Lo mismo les vale verdad que mentira, conducta ejemplar o de crápula, beneficiar que perjudicar. Buitres, es lo que son. Camellos, vendiendo droga barata. Para rematar, en este tipo de periodismo han prosperado los oportunistas, gente que vive exclusivamente de participar en esas tertulias y aparecer en esas portadas. No se trata de un futbolista o una cantante, de quienes te da morbo saber sobre su vida extra-profesional; son gente que nace y vive sólo dentro de la burbuja rosa. De verdad, qué asco. Y qué pena que Sálvame lleve años siendo líder indiscutible de audiencia y sin signos de fatiga...

CONCLUSIÓN

La próxima vez que te descubras intrigado por lo que le ha pasado a Fulano o Mengana, no te preocupes y déjate llevar. El cotilleo es natural y hasta puede ser bueno! Es posible que ya hubieras reparado en el hecho de que allí donde hay personas hablando, casi seguro que el tema es la anécdota del vecino éste o aquél. Ahora ya sabes que no es sólo una impresión: la ciencia confirma que chismorrear va en nuestro ADN. Y lo que quizás no habías imaginado es que contribuye a crear vínculos entre nosotros y, más importante, a obtener información crucial para encajar y prosperar en el grupo. Esa misma función es la que explica el éxito del periodismo del corazón y la existencia de bocachanclas. Ahora que conoces cómo funciona, usa el cotilleo con moderación. ;)


Ah, y una cosita te pido: si te ha gustado, comparte.

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