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LA IMPORTANCIA DEL CONTACTO SOCIAL

Muchos animales llevan una vida solitaria. Se juntan nada más para aparearse y, terminada la faena, se dan un adiós muy buenas. Es el caso del tigre, del oso, la tortuga marina o el zorro. Los seres humanos, sin embargo, somos animales sociales, y mucho! Establecemos múltiples vínculos, algunos de ellos profundos y duraderos. Así, formamos amistades, parejas, familias, sociedades, cooperativas y hasta grupos de WhatsApp. Hoy vamos a descubrir, primero, cuáles son las razones de esa sociabilidad tan desarrollada y, seguidamente, veremos qué dicen los estudios sobre la importancia del contacto social.

¿Por qué somos animales súper sociales?

Primero, necesitamos cuidados. Resulta que los humanos nacemos prematuros: al nacer estamos aún a medio hacer y no podemos valernos solos. Es un caso excepcional en el reino animal. Un cervatillo recién nacido, por ejemplo, camina pasados unos pocos minutos, un chimpancé recién nacido enseguida cierra y aprieta las manos para aferrarse al pecho de su madre, un gorrión requiere poco más de una semana para abandonar el nido, un delfín nace nadando... La excepcionalidad del caso humano se debe a que caminamos erguidos: la bipedestación estrechó el canal del parto y el bebé no puede salir muy grande! De hecho, pasará un año antes de que podamos caminar, dos años antes de que podamos hablar y nuestro cuerpo y la parte racional de nuestro cerebro seguirán creciendo hasta los 18 años. Y en todo ese largo periodo de desarrollo será preciso, pues, que una madre sensible y comprometida (o cualquier adulto que ejerza como tal) nos atienda y proporcione todos los cuidados oportunos.

Segundo, necesitamos colaboradores. Las tareas básicas para la supervivencia de una especie son alimentarse, protegerse de los elementos, defenderse de grupos competidores y criar hijos. Pues bien, todas ellas requieren la intervención y coordinación de varias personas. Si los hombres salen a cazar, alguien tendrá que cuidar de los pequeños y del asentamiento; y si los hombres regresan sin presa, alguien tendrá que suministrar alimento. Para protegerse de enemigos alguien tendrá que vigilar, otros tendrán que luchar, otros atenderán a los heridos... Cazar, recolectar, construir, repeler ataques, criar son todas tareas colectivas, no podríamos llevarlas a cabo solos.

Tercero, necesitamos encajar. Una parte de nosotros quiere diferenciarse, quiere explorar, expresarse y construir una personalidad única. Pero otra igual de importante quiere ser aceptado, formar parte de algo más grande. Necesitamos que nos escuchen, que nos comprendan, que nos valoren. De hecho, esa aceptación que recibimos de los demás es la que propicia el desarrollo de nuestra autoestima, que a su vez hace posible que no tengamos miedo a explorar el mundo y a emprender proyectos. Formar parte de un grupo también da sentido a la vida: saber que alguien te espera, te necesita, que tienes un rol dentro de la comunidad es un potente ikigai (recordad: eso que hace que te levantes de la cama por las mañanas).

¿Qué dicen los estudios sobre la importancia del contacto?

Estrés. La soledad se percibe como una amenaza y, como tal, dispara la producción de cortisol, que es la hormona del estrés. Dicha hormona se genera cuando enfrentamos un peligro y entonces debemos luchar o huir. El cortisol libera glucosa en sangre e incrementa el ritmo cardíaco para así suministrar gasolina a los músculos. Es decir, nos prepara para actuar. También inactiva el sistema inmune porque en esos momentos no es prioritario. Puesto que nuestro estado natural es estar siempre acompañados, la falta de contacto se interpreta como una situación anómala, como un peligro, y el cuerpo reacciona consecuentemente: responde como si estuviéramos al borde de un precipicio o fuéramos perseguidos por un león generando estrés. Si ese estrés se mantiene en el tiempo nuestro organismo se resentirá, abriendo la puerta a enfermedades como las cardiovasculares, el cáncer o la depresión. Una implicación de todo esto es que algunos de los comportamientos que dirigimos a nuestros bebés en las sociedades occidentales no tienen ningún sentido biológico: las tribus ancestrales portean a sus bebés a la espalda o al pecho durante todo el día y familias enteras comparten el lecho. Nosotros, sin embargo, los llevamos en carritos y los dejamos a solas en habitaciones oscuras...

Oxitocina. La oxitocina es otra de las hormonas que segregamos los humanos, pero con efectos muy distintos a los del cortisol. Se sabe que la distensión del útero durante el parto produce liberaciones gigantes de oxitocina; también durante la secreción de leche en la lactancia y con el orgasmo. Es la hormona del amor! Ahora sabemos también que el mero hecho estar con nuestra pareja o incluso de verla en una foto también libera oxitocina. Es más, incluso se ha comprobado que liberamos oxitocina al estar junto a nuestro perro y que el perro la segrega proporcionalmente; ese estado de "embriaguez" romántica provoca que deseemos mirar y tocar más al otro y sus miradas y caricias incrementan nuestra secreción de oxitocina, creando un círculo virtuoso... Lo bueno de la oxitocina es que inhibe la producción de cortisol, es decir, reduce el estrés; también produce sensación de alegría (porque está asociado a incrementos en la dopamina, la hormona del placer); y produce un efecto analgésico. ¿Quién da más?

Longevidad. Al estudiar las zonas azules (puntos del planeta que ostentan récords de longevidad, como Okinawa en Japón, Icaria en Grecia o Loma Linda en California) se descubrió que una de sus claves es la vida en comunidad. Literalmente, el contacto social rejuvenece! También hay evidencias de que la esperanza de vida de las personas con pareja es superior. Incluso está bien documentado que las personas que tienen perro viven más y mejor. Seguramente, el salir a caminar todos los días tenga también algo que ver pero incluso a igualdad de actividad física, compartir la vida con un peludo es beneficioso (bueno, si tiene poco pelo, también vale;)).

Roseto. En los años cincuenta se dio un fenómeno muy curioso en Roseto, una localidad de Pensilvania. En ella vivía una comunidad de italianos. Mantenían su estilo de vida tradicional, que se caracteriza por la vida en comunidades cohesionadas. Las amas de casa son respetadas, los padres actúan como cabeza de familia, los ancianos son valorados. Distintas generaciones conviven bajo el mismo techo y las casas de las distintas familias están muy cerca las unas de las otras. Además, se fomenta la solidaridad (y no la competición) entre familias. Pues bien, la cosa es que aparte de esto el resto de sus hábitos no eran precisamente saludables: bebían vino, no seguían una dieta especialmente buena, no tenían un gran nivel de actividad física, etc. Y aún así las tasas de infarto eran casi nulas y radicalmente inferiores a las de localidades similares. Cuando las nuevas generaciones de Roseto adoptaron el estilo de vida americano, más individualista, los niveles de infarto y enfermedad cardiovascular igualaron a los del resto del país. Desde entonces el papel del contacto en la salud se conoce como "efecto Roseto".

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