Hay cosas de la vida que nos preocupan, que nos agobian, nos frustran, nos duelen, nos desaniman, nos desolan. Todo eso se va acumulando, va pesando cada vez más y, si lo dejamos estar, el mogollón acaba haciéndonos enfermar... Pero hablarlo ayuda mucho. Para empezar, contar las penas es liberador: al hacerlo te quitas un buen peso de encima. Aparte, ponerlas en palabras nos da cierta perspectiva, lo que a su vez puede brindarnos claves para enfocarlas mejor. De hecho, la psicoterapia consiste básicamente en eso: nada más y nada menos que en hablar las penas. La cuestión que abordamos hoy es si de verdad hablar ayuda a curar la pena, si hablar sirve en efecto para sanar. Y lo haremos atendiendo a la ciencia más reciente, como es ya la marca de la casa. ;)
Aprendimos en otro artículo que el lenguaje tiene un origen social: el lenguaje nace realmente para que podamos hacer cosas juntos. El caso es que, de rebote, el lenguaje podría habernos concedido otras aplicaciones adicionales. Hablar podría servirnos para desahogarnos, para entender el mundo y entendernos a nosotros mismos y para regular nuestras emociones. En resumen, el lenguaje podría servirnos también para lograr vivir en paz con uno mismo, con los demás y con el mundo. Ahí es nada.
Hoy examinamos esa cuestión y lo hacemos siguiendo este guión. Primero, responderemos a la pregunta ¿hablar de nuestras tribulaciones supone de verdad un alivio? Segundo, ¿hablar sirve en efecto para comprendernos mejor y estar en paz con nosotros mismos? Tercero, ¿hablar nos ayuda a regular nuestras emociones y nuestra conducta? En fin, la gran pregunta que motiva este artículo es ¿hablar es realmente terapéutico? Ya os adelanto que la respuesta es sí, pero descubrir los mecanismos que hacen posible tal función y las evidencias que lo respaldan es de lo más interesante. Dejadme darle a la sin hueso, dejadme que os cuente...
1, ¿HABLAR DE NUESTRAS TRIBULACIONES SUPONE UN ALIVIO?
Las cosas de la vida muchas veces nos preocupan, nos asustan, nos agobian, nos atormentan, nos decepcionan, nos frustran, nos cabrean, nos desaniman, nos desconciertan, nos confunden, nos indignan, nos desquician. Con frecuencia, tenemos sentimientos encontrados. No es raro llevar una carga tal encima, que te impide pensar con claridad, que te roba la energía, que te paraliza y te sume en la tristeza. O que te hierve y estás que trinas, que saltas a la mínima. O te da por beber hasta perder el control, por apuntarte como loco a pruebas de media maratón o por comer helado de chocolate mientras ves películas románticas sin parar. Una alternativa es hablarlo, contar tus penas, soltar lastre. Desahogarse, despotricar, despacharse a gusto. Pero ¿funciona?
1.1. Despotricar es natural
En primer lugar, hay que decir que surta o no efecto, lo cierto es que hablar para desahogarse parece ser una respuesta natural. De algún modo, es como si nos lo pidiera el cuerpo. Por ejemplo, un estudio siguió durante semanas a un equipo de trabajadores, los miembros de la unidad de cuidados de un hospital, grabando todas sus comunicaciones. Esto incluía las formales (reuniones semanales de coordinación, planificaciones al inicio de jornada) y las informales (charlas en el pasillo, las habitaciones o la máquina del café). Al transcribir y analizar su comunicación, los investigadores descubrieron que había una presencia masiva de sarcasmo, tanto en los intercambios informales como en los formales. O sea, los trabajadores estaban permanentemente haciendo comentarios del tipo "es fantástico, este fin de semana tenemos el 'hotel completo'" o "ah, ¿sí?, pues los del turno del sábado noche se van a pegar una juerga que no veas".
En otro estudio se analizaron las grabaciones de las cajas negras de aviones que terminaron en accidente fatal. Se vio que la práctica totalidad de las mismas contenían palabrotas y maldiciones. La ciencia ha comprobado también que despacharse bien a gusto, despotricar, incrementa la respuesta simpática (la que nos dispone a la lucha/huída) y que decir palabrotas aparece en todos los grupos humanos y con independencia de tu cociente intelectual o tu estatus socioeconómico.
Otro estudio analizó cientos de entradas en blogs realizadas las semanas previas y las posteriores al atentado del 11s en Nueva York. Se observó que durante las dos semanas posteriores abundaban alusiones a emociones negativas y a sentimientos de afiliación, las cuales casi no existían en las semanas previas. Otro estudio similar ha encontrado que el tono en Twitter cambia según avanza el día: en la franja 6h a 9h de la mañana abundan las palabras positivas pero experimentan una caída en picado en torno a las 15h-16h.
1.2. Despotricar alivia la pena
Además de salir sin querer, esto de airear las ralladuras y demás movidas internas, la evidencia revela que tiene un efecto liberador. Hablar, en efecto, nos descarga. En un estudio clásico se reunió una muestra de universitarios y se les pidió que escribieran durante 15 minutos varios días por semana. A unos se les decía que escribiesen sobre sus traumas, los golpes que da la vida; al resto, que escribiesen sobre la rutina del día a día sin más, sobre trivialidades. Pasadas seis semanas se vio que los primeros demostraban mejor ánimo, habían enfermado menos, se habían medicado menos y habían recurrido menos a servicios de atención sanitaria.
En un estudio parecido se puso también a escribir a un grupo de adultos. Debían hacerlo una vez a la semana y hacerlo sobre sus traumas, la mitad de los participantes, o sobre trivialidades, la otra mitad. Tras apenas cuatro semanas, los niveles de transaminasas (enzimas en sangre cuyo exceso es síntoma de enfermedad, exposición a tóxicos o fatiga por estrés) habían descendido significativamente en quienes escribieron sobre sus tribulaciones y no en quienes escribieron banalidades, que vieron sus niveles de transaminasas aumentar.
En un ingenioso estudio se reclutó un grupo de participantes a los que se les pidió preparar un tema y dar una charla en público sobre él, que además sería grabada en vídeo. Se les hizo rellenar una pequeña encuesta sobre sus sensaciones respecto a la charla. Se tomaron también muestras de saliva para registrar su nivel de cortisol (la hormona del estrés). Antes de salir a dar la charla los participantes permanecían un rato en una sala junto con otra persona que también debía salir después a dar su charla. Se vio que muchos tenían miedo a hablar en público pero lo interesante fue que su miedo y su nivel de cortisol descendían si podían hablar con otro ponente asustado.
Más evidencias similares: estudiantes con ansiedad ante los exámenes se benefician de escribir sobre sus sensaciones. En un estudio con alumnos que sufren esta condición se pidió a unos escribir un diario personal y a otros, nada. Los primeros sacaron mejores notas en los exámenes.
Otra línea de investigación muy interesante ha permitido descubrir que maldecir, soltar palabrotas, despacharse bien a gusto, tiene efectos positivos en el rendimiento físico y la tolerancia al dolor. En un estudio se pidió a los participantes que realizasen una pequeña prueba de fuerza. Unos gritaron lo que quisieron justo antes de hacerla; los otros, no. Los primeros lograron mejores marcas. En otro estudio se pidió a los participantes que sumergieran sus manos en hielo durante el máximo tiempo posible. Unos maldijeron antes del ejercicio; los otros, no. Los primeros aguantaron el doble de tiempo y reportaron sentir menos dolor.
1.3. Conclusión: desahogarse funciona
En definitiva, cuando las tribulaciones te ahogan, no sólo sientes que debes airearlas, es que hacerlo ayuda. Hemos visto que en todas las culturas se sueltan improperios y que nuestras palabras reflejan con fidelidad nuestros estados de ánimo, más positivo en la mañana y en ligero declive según avanza la jornada. Además, y esto es lo bueno, desahogarnos, aunque nos agita al principio (incrementa la respuesta simpática), nos sirve a la larga para calmar los ánimos (tal como reflejan el cortisol en saliva y las transaminasas en sangre), afrontar mejor los desafíos (como hablar en público o hacer un examen), sobrellevar mejor el dolor, mejorar el estado de ánimo y enfermar menos. Moraleja: habla, suéltalo, no te cortes, no lleves tú solo esa carga.
2, ¿HABLAR SIRVE PARA COMPRENDERNOS MEJOR A NOSOTROS MISMOS?
Todos tenemos una manera personal de reaccionar a los acontecimientos, una manera personal de relacionarnos con los demás, una idea de quiénes somos y una idea de cómo funciona el mundo. Se trata de nuestro temperamento, nuestro estilo de apego, nuestro autoconcepto y nuestra filosofía de vida, respectivamente. Según cómo estén configurados, todos estos elementos pueden ser más o menos funcionales. Son funcionales cuando nos aportan satisfacción, cuando no hacen daño a nadie y cuando, además, hacen bien a los demás. Son disfuncionales si nos producen depresión, ansiedad, ira, o si hacen mal a otras personas. Pero ¿cómo saber cuál es nuestro temperamento, nuestro estilo de apego, nuestro autoconcepto y nuestra filosofía de vida? Y, en caso de disfunción, ¿cómo poder reconfigurarlos? La psicoterapia, que consiste básicamente en hablar, en contar (y examinar) tus penas, es la respuesta.
2.1. La terapia dinámica
Existen muchos enfoques terapéuticos pero pueden englobarse, haciendo un ejercicio de síntesis quizá algo simplista, en dos grandes familias de métodos. Por un lado está la "terapia psicodinámica" y por otro, la llamada "terapia cognitivo-conductual". La diferencias fundamentales son (a) el grado de estructuración y (b) la profundidad del trabajo terapéutico. En la terapia psicodinámica no hay guión preestablecido: se sigue la línea que el paciente va marcando espontáneamente. Y la profundidad es grande: se va tirando de los hilos hasta llegar a su extremo final. La terapia cognitivo-conductual, en cambio, sigue una estructura bien definida para detectar los conflictos (patrones de pensamiento irracionales) y ponerles solución (diseñando, ensayando y adoptando actitudes más pragmáticas).
Por alguna razón, ha calado en el imaginario colectivo el mito de que la terapia dinámica no es más que mirarse al ombligo: tumbarse en un diván y hablar y hablar sin rumbo, divagar, o examinar obsesivamente la infancia y los sueños, frente a un terapeuta hierático que se limita a asentir y a hacer anotaciones misteriosas en un bloc. Además, se cree que ese régimen se mantiene durante años o incluso toda la vida, para el amplio beneficio económico del terapeuta y el nulo beneficio psicológico del paciente. No obstante, es una visión muy equivocada. La realidad es que la terapia dinámica (a) consiste en la exploración profunda de la persona para descubrir esos elementos cruciales e íntimos que ya mencionamos, a saber, temperamento, apego, autoconcepto, filosofía de vida, y (b) tiene una eficacia probada excelente y muy superior al de la terapia cognitiva.
¿Qué es exactamente lo que se hace en las sesiones de terapia dinámica? Como he señalado, lo que pasa en estas sesiones es, desde un punto de vista superficial, que el paciente habla sobre sus tribulaciones, las cosas que le causan aflicción o tormento. A simple vista, no es más que eso. Pero hago dos matizaciones. Si sólo fuese eso, conviene recordar lo que aprendimos en el apartado anterior: eso nada más ya supondría un desahogo que redunda en un mejor estado de ánimo, menor ansiedad y mayor capacidad para afrontar las vicisitudes. Pero es que hay más. A base de hablar y hablar sobre lo que pasa por tu cabeza y tu corazón, vas obteniendo material útil para identificar los elementos críticos e íntimos de tu personalidad. Así, vas descubriendo cómo te hacen sentir determinadas situaciones y por qué respondes como lo haces. Descubrirás también por qué evitas ciertas situaciones y qué mecanismos de defensa aplicas para protegerte de ellas. Descubrirás qué mensajes te mandas a ti mismo, si te valoras o te consideras un despojo humano. Descubrirás cuál es tu patrón básico de relación, la manera como construyes las relaciones con los otros, incluyendo amigos, pareja, compañeros de trabajo y de comunidad. Descubrirás, por último, qué sentido le das a las cosas, cómo interpretas por qué pasan las cosas que pasan.
Pongo un ejemplo para visualizar todos estos procesos mejor. Un paciente podría acudir a terapia por sentirse bajo de ánimo, por haber perdido la ilusión por las cosas, por considerarse incapaz de afrontar los avatares de la vida y, mucho menos, de emprender ningún proyecto; por tener pensamientos recurrentes de pesimismo, de autocrítica, que le ofuscan; quizá también por haber ganado o perdido mucho peso y por tener dificultades para dormir o incluso por dormir demasiado, pues no tiene fuerzas para levantarse de la cama o porque prefiere estar sumido siempre en la ensoñación, más liviana, que soportar su mente despierta, que es un remolino de ideas. A base de hablar en las sesiones este paciente podría ir descubriendo su funcionamiento interno. Quizá descubra que es una persona introvertida por las agresiones constantes que ha sufrido a lo largo de toda su vida; que tiene poco arrojo, iniciativa, porque nunca nadie reconoció, alentó o estimuló sus capacidades; que ha interiorizado esa agresión y menosprecio que venía del exterior y ahora se trata a sí mismo como le trataban: se quiere poco; que ser introvertido y aprensivo le hace ir con pies de plomo en las relaciones, lo que impide intimar, que es la base de los vínculos; y que la falta de vínculos le hace sentir desconectado y, por tanto, que su vida tiene poco sentido... Así, a base de hablar sus penas, este paciente lograría conocerse, construir el relato de quién es, de cómo llegó a ser quien es, de cómo se ve a sí mismo y de cómo se coloca en el mundo. Y ¿qué gana habiendo armado ese relato? Pues gana varias cosas. Para empezar, gana comprensión y eso, en sí mismo, ya reconforta: porque da cierta seguridad, cierta previsibilidad, cierto orden. También gana aceptación, porque deja de sentir culpa por ser como es y, paz, porque ya no tiene que reprimirse, censurarse. Por fin, gana en autoestima porque entiende que todos somos como somos, ninguno más ni menos, y que todos merecemos amor.
2.2. La eficacia de la terapia dinámica
¿Por qué sabemos que ese trabajo funciona de verdad? Precisamente porque existe una visión ingenua de la terapia dinámica, ese mito del paciente echado en el diván, divagando inútilmente sobre la relación con su mamá y sobre esa pesadilla recurrente en la que acude al trabajo en calzoncillos, los psicólogos se han afanado en demostrar que el enfoque funciona. Para ello han llevado a cabo hasta ocho estudios de síntesis entre los años 2003 y 2010. En los estudios de síntesis lo que se hace es juntar los datos de varios estudios pequeños y hacer el análisis conjunto de todos esos datos. En esos estudios pequeños lo que se ha hecho es (a) comparar los síntomas de depresión y ansiedad y la satisfacción general en la vida de individuos que han seguido terapia con los de individuos similares pero que no han seguido terapia o bien (b) comparar los síntomas de depresión y ansiedad y la satisfacción general de los sujetos antes y después de haber hecho terapia. Eso proporciona muchas medidas del impacto de la terapia dinámica en cientos y cientos de individuos. Luego los juntas todos para ver si, globalmente, la terapia funciona. Por fin, se le asigna un valor concreto a ese impacto, en una escala 0-2. El resultado de estos estudios de síntesis es que la terapia dinámica tiene un efecto de entre 0.8 y 1.8, lo cual es altísimo. Y la efectividad se mantiene (e incluso crece) cuando evalúas a los pacientes mucho tiempo después de haber finalizado su terapia. Hay que decir que el mismo tipo de estudios de síntesis le concede a la terapia cognitiva un impacto de 0.6 y a los medicamentos como sertralina, escitalopram, fluoxetina o duloxetina, valores nunca superiores a 0.3...
La terapia dinámica es potente, pues. Ahora, ¿cuál es exactamente la clave de su éxito? En estudios posteriores lo que se ha hecho es reunir cientos de transcripciones de sesiones completas de terapia. En esas sesiones paciente y terapeuta habían valorado en una escala cuán satisfactoria les había parecido la sesión. Luego se analizan las transcripciones para identificar los eventos (el paciente reconoce cierta emoción que siente en determinadas situaciones, el paciente reconoce cierto mecanismo de defensa, el paciente reconoce un denominador común en distintas relaciones de pareja que ha tenido, etc.) que están asociados al éxito en la sesión. Lo que ha desvelado esta línea de investigación es que la clave de una buena terapia es que promueva autoconocimiento en el paciente, que le permita explorar su temperamento, autoconcepto, apego y filosofía de vida. Cuando hace eso, funciona. De hecho, se ha visto que la terapia cognitiva puede ser muy potente también, pero lo es precisamente cuando incorpora estos episodios de exploración profunda. La cosa es que la terapia dinámica garantiza que va a haber esa exploración, pues es su razón de ser.
2.3. Conclusión: hacer terapia, que es hablar las penas, funciona para dar sentido a las cosas
En resumen, hablar sobre lo que nos pasa y nos pesa sirve para conocernos mejor, para entender por qué hacemos lo que hacemos, qué pensamos de nosotros mismos, cómo nos relacionamos con los demás y qué idea tenemos del mundo. Y descubrir eso nos otorga confort, perdón y autoestima. Y esa exploración es justamente la que se promueve en la terapia dinámica, cuya eficacia la avalan estudios de síntesis, en los que se consideran conjuntamente los resultados de múltiples estudios pequeños que evaluaron el impacto de la terapia en la satisfacción vital y la salud emocional de los pacientes. Moraleja: habla, no te lo quedes dentro, no tengas miedo en expresarlo, en examinarlo; habla y conócete, conócete y vive en paz.
3, ¿HABLAR SIRVE PARA REGULAR MEJOR NUESTRAS EMOCIONES Y NUESTRA CONDUCTA?
Seguro que te ha pasado: acabas de aprender a hacer una cosa, a preparar un bizcocho, por ejemplo, y según lo vas haciendo debes decirte en voz alta los pasos porque si no, te lías ("vertemos dos cucharadas soperas de harina, ahora dos huevos, removemos bien sin que se salga... "). Y nos ha pasado también que aunque el procedimiento sea bien conocido, igualmente debemos decirnos los pasos en voz alta porque es tan complicado que no sabes hacerlo de otro modo: un nudo de corbata o algo por el estilo. Lo cierto es que nos hablamos a nosotros mismos ante cualquier tarea o situación, no sólo las nuevas o complicadas; la cosa es que lo hacemos en silencio, a través del habla interna. ¿Es realmente así? ¿Nos hablamos internamente para regular nuestra conducta? Repasemos algunas evidencias.
3.1. Entrenamiento en auto-instrucciones
Como seguro sabréis, existe un trastorno por déficit de atención. Se caracteriza por una fuerte tendencia a la distracción y a la hiperactividad. Y se debe a una pobre auto-regulación: la capacidad para planear lo que vamos a hacer y, mientras lo estamos haciendo, supervisar que todo va bien y mantener las emociones bajo control. La esquizofrenia, otro trastorno mental, comparte algunos rasgos con el déficit de atención: cursa también con dificultades para controlar las emociones y para organizar la conducta para alcanzar un objetivo. Y es que en ambos trastornos hay anomalías anatómicas (menor interconexión neuronal) y funcionales (menor actividad y niveles alterados del neurotransmisor dopamina) en el lóbulo frontal, el encargado de la auto-regulación. A un psicólogo canadiense se le ocurrió enseñarles a ambos a auto-regularse, a través de un "entrenamiento en auto-instrucciones", que es como se bautizó a la técnica. En el entrenamiento se coge una tarea (por ejemplo, encontrar los siete errores entre dos imágenes aparentemente idénticas) y el psicólogo la realiza primero. Al hacerlo, va diciendo en voz alta todo lo que va pensando: "¿qué tengo que hacer? debo encontrar siete errores y no dejarme ninguno; y ¿cómo puedo hacerlo? puedo empezar por arriba, de izquierda a derecha, e ir bajando, mirando bien todos los detalles; ahá, ya tengo una diferencia, ¡bien!, me quedan seis... ". Luego el sujeto debe repetir la jugada: resolver la tarea como mandan las normas y hablarse durante el proceso para guiar sus pasos. Mientras, el psicólogo supervisa que todo vaya bien. En la última fase el sujeto ya puede hablarse internamente y ya no requiere supervisión. La técnica se ha probado con éxito en personas con déficit de atención y esquizofrenia: hablándose a sí mismos, consiguen auto-regularse mejor y resolver tareas satisfactoriamente.
3.2. Función ejecutiva en afásicos
Otra buena prueba de la conexión entre el habla y la capacidad para regular nuestra conducta es el efecto de cierto daño cerebral. Los pacientes afásicos han sufrido una lesión en su lóbulo temporal izquierdo, el encargado del lenguaje. Eso se manifiesta en forma de dificultad para recordar el nombre de las cosas, para construir oraciones según las reglas de la sintaxis o para comprender lo que les decimos. Pues bien, los pacientes con afasia presentan también déficit en las funciones ejecutivas, que es otra manera de referirse a la auto-regulación. O sea, como no pueden hablar, no pueden regular bien su conducta. Tiene mucha lógica: no pueden hablarse a sí mismos mientras realizan tareas complejas.
3.3. El impacto de la psicoterapia en la corteza frontal
Una línea de investigación muy interesante es la que explora los efectos en el cerebro de hacer psicoterapia. En terapia, según hemos visto en el apartado anterior, lo que hacemos es hablar las penas para así ganar en autoconocimiento: descubrir quiénes somos, cómo nos percibimos a nosotros mismos, cómo nos colocamos frente al mundo. Y poner eso en palabras nos brinda la perspectiva necesaria para aceptarnos y vivir en paz. Bien, pues en un estudio en pacientes con esquizofrenia se vio que quienes hacían terapia además de tomar medicación tenían mayor interconexión neuronal al cabo de seis meses que quienes sólo tomaban fármacos. Y esa mayor densidad neuronal se daba precisamente en los canales que conectan la corteza frontal (donde reside la auto-regulación) y la amígdala (donde residen las emociones). Es más, la mejoría en los síntomas era mayor cuanta más densidad neuronal se había ganado. En otro estudio, esta vez con pacientes de depresión, se vio que quienes habían seguido 15-20 sesiones de terapia mostraban mayor actividad en el eje frontal-amígdala que quienes habían tomado medicación en lugar de hacer terapia. Por lo tanto, hacer terapia (recordemos: hablar las penas para conocernos mejor y descifrar nuestro funcionamiento interno) refuerza nuestros sistemas de regulación emocional, por los cuales nos hablamos a nosotros mismos para guiar nuestras acciones.
3.4. Hablarnos en tercera persona para tomar distancia
Por último, una serie de estudios ha encontrado que es mejor hablarnos en tercera persona que en primera para alcanzar un mayor nivel de control emocional. En el primer estudio se expone a los participantes a imágenes desagradables (una persona herida, un bebé maltratado, una escena de agresión sexual explícita) y se les pide que compartan lo que están sintiendo. En el segundo estudio deben recordar un suceso desagradable de su vida y comentar cómo lo vivieron. Vale, pues en una condición deben comentar en tercera persona ("Héctor se ha sentido muy mal al ver a ese bebé llorando desconsolado, a Héctor le ha tocado especialmente") y en otra, en primera ("me ha sentido muy mal al ver a ese bebé llorando desconsolado, me ha tocado especialmente"). ¿Resultado? Hay menor reacción emocional (según la actividad eléctrica y el consumo de glucosa de los centros emocionales del cerebro) si hablas en tercera persona.
3.5. Conclusión: hablarnos funciona para regular la emoción
Iniciamos este apartado preguntándonos si de verdad nos hablamos a nosotros mismos para regular nuestras conductas y nuestras emociones. Ha quedado probado que sí: si nos entrenan en hablarnos bien, rendimos mejor en tareas que requieren actuar ordenadamente; si hacemos psicoterapia, y por tanto logramos descifrar nuestra vida (nuestro habla) interior, la corteza frontal, responsable del autocontrol, se vuelve más densa y activa; si perdemos el habla por daño cerebral, nuestra capacidad de auto-regulación queda mermada porque ya no podemos hablarnos tan bien. Moraleja: háblate para hacer bien las cosas, háblate para mantener las emociones bajo control.
CONCLUSIÓN
Dale a la sin hueso, no te cortes, suéltalo. Despotrica, desahógate, despáchate a gusto. No te lo guardes, no te lo quedes dentro. Hablar no es de locos ni de pesados ni de obsesivos. Todo lo contrario! El habla es un sistema de comunicación que nos permite hacer cosas con otros, lo que a su vez fue la clave para la supervivencia y prosperidad del ser humano. Sí. Pero el lenguaje nos ha brindado un beneficio adicional: hablar sana! Y lo hace de tres maneras. Por un lado, cuando hablamos de lo que sentimos, de lo que nos atenaza, o cuando soltamos unas cuantas palabrotas porque no podemos aguantar, nos excitamos un poco pero enseguida nos quedamos mucho mejor, somos más capaces de afrontar desafíos y, a la larga, tenemos mejor ánimo y menos ansiedad. Por otro lado, la terapia, un espacio donde hablamos lo que tenemos dentro, nos reporta autoconocimiento y eso, a su vez, nos reporta tranquilidad, aceptación, autoestima, reconciliación con el mundo. Por último, nos hablamos para regularnos, para actuar de forma organizada y no dejar que un exceso de emoción nos arrolle, para poder ajustarnos a las necesidades de la situación. Habla para desahogarte, para comprender o para canalizar las emociones. Habla en todo caso. Y habrás sanado.
Aprendimos en otro artículo que el lenguaje tiene un origen social: el lenguaje nace realmente para que podamos hacer cosas juntos. El caso es que, de rebote, el lenguaje podría habernos concedido otras aplicaciones adicionales. Hablar podría servirnos para desahogarnos, para entender el mundo y entendernos a nosotros mismos y para regular nuestras emociones. En resumen, el lenguaje podría servirnos también para lograr vivir en paz con uno mismo, con los demás y con el mundo. Ahí es nada.
Hoy examinamos esa cuestión y lo hacemos siguiendo este guión. Primero, responderemos a la pregunta ¿hablar de nuestras tribulaciones supone de verdad un alivio? Segundo, ¿hablar sirve en efecto para comprendernos mejor y estar en paz con nosotros mismos? Tercero, ¿hablar nos ayuda a regular nuestras emociones y nuestra conducta? En fin, la gran pregunta que motiva este artículo es ¿hablar es realmente terapéutico? Ya os adelanto que la respuesta es sí, pero descubrir los mecanismos que hacen posible tal función y las evidencias que lo respaldan es de lo más interesante. Dejadme darle a la sin hueso, dejadme que os cuente...
1, ¿HABLAR DE NUESTRAS TRIBULACIONES SUPONE UN ALIVIO?
Las cosas de la vida muchas veces nos preocupan, nos asustan, nos agobian, nos atormentan, nos decepcionan, nos frustran, nos cabrean, nos desaniman, nos desconciertan, nos confunden, nos indignan, nos desquician. Con frecuencia, tenemos sentimientos encontrados. No es raro llevar una carga tal encima, que te impide pensar con claridad, que te roba la energía, que te paraliza y te sume en la tristeza. O que te hierve y estás que trinas, que saltas a la mínima. O te da por beber hasta perder el control, por apuntarte como loco a pruebas de media maratón o por comer helado de chocolate mientras ves películas románticas sin parar. Una alternativa es hablarlo, contar tus penas, soltar lastre. Desahogarse, despotricar, despacharse a gusto. Pero ¿funciona?
1.1. Despotricar es natural
En primer lugar, hay que decir que surta o no efecto, lo cierto es que hablar para desahogarse parece ser una respuesta natural. De algún modo, es como si nos lo pidiera el cuerpo. Por ejemplo, un estudio siguió durante semanas a un equipo de trabajadores, los miembros de la unidad de cuidados de un hospital, grabando todas sus comunicaciones. Esto incluía las formales (reuniones semanales de coordinación, planificaciones al inicio de jornada) y las informales (charlas en el pasillo, las habitaciones o la máquina del café). Al transcribir y analizar su comunicación, los investigadores descubrieron que había una presencia masiva de sarcasmo, tanto en los intercambios informales como en los formales. O sea, los trabajadores estaban permanentemente haciendo comentarios del tipo "es fantástico, este fin de semana tenemos el 'hotel completo'" o "ah, ¿sí?, pues los del turno del sábado noche se van a pegar una juerga que no veas".
En otro estudio se analizaron las grabaciones de las cajas negras de aviones que terminaron en accidente fatal. Se vio que la práctica totalidad de las mismas contenían palabrotas y maldiciones. La ciencia ha comprobado también que despacharse bien a gusto, despotricar, incrementa la respuesta simpática (la que nos dispone a la lucha/huída) y que decir palabrotas aparece en todos los grupos humanos y con independencia de tu cociente intelectual o tu estatus socioeconómico.
Otro estudio analizó cientos de entradas en blogs realizadas las semanas previas y las posteriores al atentado del 11s en Nueva York. Se observó que durante las dos semanas posteriores abundaban alusiones a emociones negativas y a sentimientos de afiliación, las cuales casi no existían en las semanas previas. Otro estudio similar ha encontrado que el tono en Twitter cambia según avanza el día: en la franja 6h a 9h de la mañana abundan las palabras positivas pero experimentan una caída en picado en torno a las 15h-16h.
1.2. Despotricar alivia la pena
Además de salir sin querer, esto de airear las ralladuras y demás movidas internas, la evidencia revela que tiene un efecto liberador. Hablar, en efecto, nos descarga. En un estudio clásico se reunió una muestra de universitarios y se les pidió que escribieran durante 15 minutos varios días por semana. A unos se les decía que escribiesen sobre sus traumas, los golpes que da la vida; al resto, que escribiesen sobre la rutina del día a día sin más, sobre trivialidades. Pasadas seis semanas se vio que los primeros demostraban mejor ánimo, habían enfermado menos, se habían medicado menos y habían recurrido menos a servicios de atención sanitaria.
En un estudio parecido se puso también a escribir a un grupo de adultos. Debían hacerlo una vez a la semana y hacerlo sobre sus traumas, la mitad de los participantes, o sobre trivialidades, la otra mitad. Tras apenas cuatro semanas, los niveles de transaminasas (enzimas en sangre cuyo exceso es síntoma de enfermedad, exposición a tóxicos o fatiga por estrés) habían descendido significativamente en quienes escribieron sobre sus tribulaciones y no en quienes escribieron banalidades, que vieron sus niveles de transaminasas aumentar.
En un ingenioso estudio se reclutó un grupo de participantes a los que se les pidió preparar un tema y dar una charla en público sobre él, que además sería grabada en vídeo. Se les hizo rellenar una pequeña encuesta sobre sus sensaciones respecto a la charla. Se tomaron también muestras de saliva para registrar su nivel de cortisol (la hormona del estrés). Antes de salir a dar la charla los participantes permanecían un rato en una sala junto con otra persona que también debía salir después a dar su charla. Se vio que muchos tenían miedo a hablar en público pero lo interesante fue que su miedo y su nivel de cortisol descendían si podían hablar con otro ponente asustado.
Más evidencias similares: estudiantes con ansiedad ante los exámenes se benefician de escribir sobre sus sensaciones. En un estudio con alumnos que sufren esta condición se pidió a unos escribir un diario personal y a otros, nada. Los primeros sacaron mejores notas en los exámenes.
Otra línea de investigación muy interesante ha permitido descubrir que maldecir, soltar palabrotas, despacharse bien a gusto, tiene efectos positivos en el rendimiento físico y la tolerancia al dolor. En un estudio se pidió a los participantes que realizasen una pequeña prueba de fuerza. Unos gritaron lo que quisieron justo antes de hacerla; los otros, no. Los primeros lograron mejores marcas. En otro estudio se pidió a los participantes que sumergieran sus manos en hielo durante el máximo tiempo posible. Unos maldijeron antes del ejercicio; los otros, no. Los primeros aguantaron el doble de tiempo y reportaron sentir menos dolor.
1.3. Conclusión: desahogarse funciona
En definitiva, cuando las tribulaciones te ahogan, no sólo sientes que debes airearlas, es que hacerlo ayuda. Hemos visto que en todas las culturas se sueltan improperios y que nuestras palabras reflejan con fidelidad nuestros estados de ánimo, más positivo en la mañana y en ligero declive según avanza la jornada. Además, y esto es lo bueno, desahogarnos, aunque nos agita al principio (incrementa la respuesta simpática), nos sirve a la larga para calmar los ánimos (tal como reflejan el cortisol en saliva y las transaminasas en sangre), afrontar mejor los desafíos (como hablar en público o hacer un examen), sobrellevar mejor el dolor, mejorar el estado de ánimo y enfermar menos. Moraleja: habla, suéltalo, no te cortes, no lleves tú solo esa carga.
2, ¿HABLAR SIRVE PARA COMPRENDERNOS MEJOR A NOSOTROS MISMOS?
Todos tenemos una manera personal de reaccionar a los acontecimientos, una manera personal de relacionarnos con los demás, una idea de quiénes somos y una idea de cómo funciona el mundo. Se trata de nuestro temperamento, nuestro estilo de apego, nuestro autoconcepto y nuestra filosofía de vida, respectivamente. Según cómo estén configurados, todos estos elementos pueden ser más o menos funcionales. Son funcionales cuando nos aportan satisfacción, cuando no hacen daño a nadie y cuando, además, hacen bien a los demás. Son disfuncionales si nos producen depresión, ansiedad, ira, o si hacen mal a otras personas. Pero ¿cómo saber cuál es nuestro temperamento, nuestro estilo de apego, nuestro autoconcepto y nuestra filosofía de vida? Y, en caso de disfunción, ¿cómo poder reconfigurarlos? La psicoterapia, que consiste básicamente en hablar, en contar (y examinar) tus penas, es la respuesta.
2.1. La terapia dinámica
Existen muchos enfoques terapéuticos pero pueden englobarse, haciendo un ejercicio de síntesis quizá algo simplista, en dos grandes familias de métodos. Por un lado está la "terapia psicodinámica" y por otro, la llamada "terapia cognitivo-conductual". La diferencias fundamentales son (a) el grado de estructuración y (b) la profundidad del trabajo terapéutico. En la terapia psicodinámica no hay guión preestablecido: se sigue la línea que el paciente va marcando espontáneamente. Y la profundidad es grande: se va tirando de los hilos hasta llegar a su extremo final. La terapia cognitivo-conductual, en cambio, sigue una estructura bien definida para detectar los conflictos (patrones de pensamiento irracionales) y ponerles solución (diseñando, ensayando y adoptando actitudes más pragmáticas).
Por alguna razón, ha calado en el imaginario colectivo el mito de que la terapia dinámica no es más que mirarse al ombligo: tumbarse en un diván y hablar y hablar sin rumbo, divagar, o examinar obsesivamente la infancia y los sueños, frente a un terapeuta hierático que se limita a asentir y a hacer anotaciones misteriosas en un bloc. Además, se cree que ese régimen se mantiene durante años o incluso toda la vida, para el amplio beneficio económico del terapeuta y el nulo beneficio psicológico del paciente. No obstante, es una visión muy equivocada. La realidad es que la terapia dinámica (a) consiste en la exploración profunda de la persona para descubrir esos elementos cruciales e íntimos que ya mencionamos, a saber, temperamento, apego, autoconcepto, filosofía de vida, y (b) tiene una eficacia probada excelente y muy superior al de la terapia cognitiva.
¿Qué es exactamente lo que se hace en las sesiones de terapia dinámica? Como he señalado, lo que pasa en estas sesiones es, desde un punto de vista superficial, que el paciente habla sobre sus tribulaciones, las cosas que le causan aflicción o tormento. A simple vista, no es más que eso. Pero hago dos matizaciones. Si sólo fuese eso, conviene recordar lo que aprendimos en el apartado anterior: eso nada más ya supondría un desahogo que redunda en un mejor estado de ánimo, menor ansiedad y mayor capacidad para afrontar las vicisitudes. Pero es que hay más. A base de hablar y hablar sobre lo que pasa por tu cabeza y tu corazón, vas obteniendo material útil para identificar los elementos críticos e íntimos de tu personalidad. Así, vas descubriendo cómo te hacen sentir determinadas situaciones y por qué respondes como lo haces. Descubrirás también por qué evitas ciertas situaciones y qué mecanismos de defensa aplicas para protegerte de ellas. Descubrirás qué mensajes te mandas a ti mismo, si te valoras o te consideras un despojo humano. Descubrirás cuál es tu patrón básico de relación, la manera como construyes las relaciones con los otros, incluyendo amigos, pareja, compañeros de trabajo y de comunidad. Descubrirás, por último, qué sentido le das a las cosas, cómo interpretas por qué pasan las cosas que pasan.
Pongo un ejemplo para visualizar todos estos procesos mejor. Un paciente podría acudir a terapia por sentirse bajo de ánimo, por haber perdido la ilusión por las cosas, por considerarse incapaz de afrontar los avatares de la vida y, mucho menos, de emprender ningún proyecto; por tener pensamientos recurrentes de pesimismo, de autocrítica, que le ofuscan; quizá también por haber ganado o perdido mucho peso y por tener dificultades para dormir o incluso por dormir demasiado, pues no tiene fuerzas para levantarse de la cama o porque prefiere estar sumido siempre en la ensoñación, más liviana, que soportar su mente despierta, que es un remolino de ideas. A base de hablar en las sesiones este paciente podría ir descubriendo su funcionamiento interno. Quizá descubra que es una persona introvertida por las agresiones constantes que ha sufrido a lo largo de toda su vida; que tiene poco arrojo, iniciativa, porque nunca nadie reconoció, alentó o estimuló sus capacidades; que ha interiorizado esa agresión y menosprecio que venía del exterior y ahora se trata a sí mismo como le trataban: se quiere poco; que ser introvertido y aprensivo le hace ir con pies de plomo en las relaciones, lo que impide intimar, que es la base de los vínculos; y que la falta de vínculos le hace sentir desconectado y, por tanto, que su vida tiene poco sentido... Así, a base de hablar sus penas, este paciente lograría conocerse, construir el relato de quién es, de cómo llegó a ser quien es, de cómo se ve a sí mismo y de cómo se coloca en el mundo. Y ¿qué gana habiendo armado ese relato? Pues gana varias cosas. Para empezar, gana comprensión y eso, en sí mismo, ya reconforta: porque da cierta seguridad, cierta previsibilidad, cierto orden. También gana aceptación, porque deja de sentir culpa por ser como es y, paz, porque ya no tiene que reprimirse, censurarse. Por fin, gana en autoestima porque entiende que todos somos como somos, ninguno más ni menos, y que todos merecemos amor.
2.2. La eficacia de la terapia dinámica
¿Por qué sabemos que ese trabajo funciona de verdad? Precisamente porque existe una visión ingenua de la terapia dinámica, ese mito del paciente echado en el diván, divagando inútilmente sobre la relación con su mamá y sobre esa pesadilla recurrente en la que acude al trabajo en calzoncillos, los psicólogos se han afanado en demostrar que el enfoque funciona. Para ello han llevado a cabo hasta ocho estudios de síntesis entre los años 2003 y 2010. En los estudios de síntesis lo que se hace es juntar los datos de varios estudios pequeños y hacer el análisis conjunto de todos esos datos. En esos estudios pequeños lo que se ha hecho es (a) comparar los síntomas de depresión y ansiedad y la satisfacción general en la vida de individuos que han seguido terapia con los de individuos similares pero que no han seguido terapia o bien (b) comparar los síntomas de depresión y ansiedad y la satisfacción general de los sujetos antes y después de haber hecho terapia. Eso proporciona muchas medidas del impacto de la terapia dinámica en cientos y cientos de individuos. Luego los juntas todos para ver si, globalmente, la terapia funciona. Por fin, se le asigna un valor concreto a ese impacto, en una escala 0-2. El resultado de estos estudios de síntesis es que la terapia dinámica tiene un efecto de entre 0.8 y 1.8, lo cual es altísimo. Y la efectividad se mantiene (e incluso crece) cuando evalúas a los pacientes mucho tiempo después de haber finalizado su terapia. Hay que decir que el mismo tipo de estudios de síntesis le concede a la terapia cognitiva un impacto de 0.6 y a los medicamentos como sertralina, escitalopram, fluoxetina o duloxetina, valores nunca superiores a 0.3...
La terapia dinámica es potente, pues. Ahora, ¿cuál es exactamente la clave de su éxito? En estudios posteriores lo que se ha hecho es reunir cientos de transcripciones de sesiones completas de terapia. En esas sesiones paciente y terapeuta habían valorado en una escala cuán satisfactoria les había parecido la sesión. Luego se analizan las transcripciones para identificar los eventos (el paciente reconoce cierta emoción que siente en determinadas situaciones, el paciente reconoce cierto mecanismo de defensa, el paciente reconoce un denominador común en distintas relaciones de pareja que ha tenido, etc.) que están asociados al éxito en la sesión. Lo que ha desvelado esta línea de investigación es que la clave de una buena terapia es que promueva autoconocimiento en el paciente, que le permita explorar su temperamento, autoconcepto, apego y filosofía de vida. Cuando hace eso, funciona. De hecho, se ha visto que la terapia cognitiva puede ser muy potente también, pero lo es precisamente cuando incorpora estos episodios de exploración profunda. La cosa es que la terapia dinámica garantiza que va a haber esa exploración, pues es su razón de ser.
2.3. Conclusión: hacer terapia, que es hablar las penas, funciona para dar sentido a las cosas
En resumen, hablar sobre lo que nos pasa y nos pesa sirve para conocernos mejor, para entender por qué hacemos lo que hacemos, qué pensamos de nosotros mismos, cómo nos relacionamos con los demás y qué idea tenemos del mundo. Y descubrir eso nos otorga confort, perdón y autoestima. Y esa exploración es justamente la que se promueve en la terapia dinámica, cuya eficacia la avalan estudios de síntesis, en los que se consideran conjuntamente los resultados de múltiples estudios pequeños que evaluaron el impacto de la terapia en la satisfacción vital y la salud emocional de los pacientes. Moraleja: habla, no te lo quedes dentro, no tengas miedo en expresarlo, en examinarlo; habla y conócete, conócete y vive en paz.
3, ¿HABLAR SIRVE PARA REGULAR MEJOR NUESTRAS EMOCIONES Y NUESTRA CONDUCTA?
Seguro que te ha pasado: acabas de aprender a hacer una cosa, a preparar un bizcocho, por ejemplo, y según lo vas haciendo debes decirte en voz alta los pasos porque si no, te lías ("vertemos dos cucharadas soperas de harina, ahora dos huevos, removemos bien sin que se salga... "). Y nos ha pasado también que aunque el procedimiento sea bien conocido, igualmente debemos decirnos los pasos en voz alta porque es tan complicado que no sabes hacerlo de otro modo: un nudo de corbata o algo por el estilo. Lo cierto es que nos hablamos a nosotros mismos ante cualquier tarea o situación, no sólo las nuevas o complicadas; la cosa es que lo hacemos en silencio, a través del habla interna. ¿Es realmente así? ¿Nos hablamos internamente para regular nuestra conducta? Repasemos algunas evidencias.
3.1. Entrenamiento en auto-instrucciones
Como seguro sabréis, existe un trastorno por déficit de atención. Se caracteriza por una fuerte tendencia a la distracción y a la hiperactividad. Y se debe a una pobre auto-regulación: la capacidad para planear lo que vamos a hacer y, mientras lo estamos haciendo, supervisar que todo va bien y mantener las emociones bajo control. La esquizofrenia, otro trastorno mental, comparte algunos rasgos con el déficit de atención: cursa también con dificultades para controlar las emociones y para organizar la conducta para alcanzar un objetivo. Y es que en ambos trastornos hay anomalías anatómicas (menor interconexión neuronal) y funcionales (menor actividad y niveles alterados del neurotransmisor dopamina) en el lóbulo frontal, el encargado de la auto-regulación. A un psicólogo canadiense se le ocurrió enseñarles a ambos a auto-regularse, a través de un "entrenamiento en auto-instrucciones", que es como se bautizó a la técnica. En el entrenamiento se coge una tarea (por ejemplo, encontrar los siete errores entre dos imágenes aparentemente idénticas) y el psicólogo la realiza primero. Al hacerlo, va diciendo en voz alta todo lo que va pensando: "¿qué tengo que hacer? debo encontrar siete errores y no dejarme ninguno; y ¿cómo puedo hacerlo? puedo empezar por arriba, de izquierda a derecha, e ir bajando, mirando bien todos los detalles; ahá, ya tengo una diferencia, ¡bien!, me quedan seis... ". Luego el sujeto debe repetir la jugada: resolver la tarea como mandan las normas y hablarse durante el proceso para guiar sus pasos. Mientras, el psicólogo supervisa que todo vaya bien. En la última fase el sujeto ya puede hablarse internamente y ya no requiere supervisión. La técnica se ha probado con éxito en personas con déficit de atención y esquizofrenia: hablándose a sí mismos, consiguen auto-regularse mejor y resolver tareas satisfactoriamente.
3.2. Función ejecutiva en afásicos
Otra buena prueba de la conexión entre el habla y la capacidad para regular nuestra conducta es el efecto de cierto daño cerebral. Los pacientes afásicos han sufrido una lesión en su lóbulo temporal izquierdo, el encargado del lenguaje. Eso se manifiesta en forma de dificultad para recordar el nombre de las cosas, para construir oraciones según las reglas de la sintaxis o para comprender lo que les decimos. Pues bien, los pacientes con afasia presentan también déficit en las funciones ejecutivas, que es otra manera de referirse a la auto-regulación. O sea, como no pueden hablar, no pueden regular bien su conducta. Tiene mucha lógica: no pueden hablarse a sí mismos mientras realizan tareas complejas.
3.3. El impacto de la psicoterapia en la corteza frontal
Una línea de investigación muy interesante es la que explora los efectos en el cerebro de hacer psicoterapia. En terapia, según hemos visto en el apartado anterior, lo que hacemos es hablar las penas para así ganar en autoconocimiento: descubrir quiénes somos, cómo nos percibimos a nosotros mismos, cómo nos colocamos frente al mundo. Y poner eso en palabras nos brinda la perspectiva necesaria para aceptarnos y vivir en paz. Bien, pues en un estudio en pacientes con esquizofrenia se vio que quienes hacían terapia además de tomar medicación tenían mayor interconexión neuronal al cabo de seis meses que quienes sólo tomaban fármacos. Y esa mayor densidad neuronal se daba precisamente en los canales que conectan la corteza frontal (donde reside la auto-regulación) y la amígdala (donde residen las emociones). Es más, la mejoría en los síntomas era mayor cuanta más densidad neuronal se había ganado. En otro estudio, esta vez con pacientes de depresión, se vio que quienes habían seguido 15-20 sesiones de terapia mostraban mayor actividad en el eje frontal-amígdala que quienes habían tomado medicación en lugar de hacer terapia. Por lo tanto, hacer terapia (recordemos: hablar las penas para conocernos mejor y descifrar nuestro funcionamiento interno) refuerza nuestros sistemas de regulación emocional, por los cuales nos hablamos a nosotros mismos para guiar nuestras acciones.
3.4. Hablarnos en tercera persona para tomar distancia
Por último, una serie de estudios ha encontrado que es mejor hablarnos en tercera persona que en primera para alcanzar un mayor nivel de control emocional. En el primer estudio se expone a los participantes a imágenes desagradables (una persona herida, un bebé maltratado, una escena de agresión sexual explícita) y se les pide que compartan lo que están sintiendo. En el segundo estudio deben recordar un suceso desagradable de su vida y comentar cómo lo vivieron. Vale, pues en una condición deben comentar en tercera persona ("Héctor se ha sentido muy mal al ver a ese bebé llorando desconsolado, a Héctor le ha tocado especialmente") y en otra, en primera ("me ha sentido muy mal al ver a ese bebé llorando desconsolado, me ha tocado especialmente"). ¿Resultado? Hay menor reacción emocional (según la actividad eléctrica y el consumo de glucosa de los centros emocionales del cerebro) si hablas en tercera persona.
3.5. Conclusión: hablarnos funciona para regular la emoción
Iniciamos este apartado preguntándonos si de verdad nos hablamos a nosotros mismos para regular nuestras conductas y nuestras emociones. Ha quedado probado que sí: si nos entrenan en hablarnos bien, rendimos mejor en tareas que requieren actuar ordenadamente; si hacemos psicoterapia, y por tanto logramos descifrar nuestra vida (nuestro habla) interior, la corteza frontal, responsable del autocontrol, se vuelve más densa y activa; si perdemos el habla por daño cerebral, nuestra capacidad de auto-regulación queda mermada porque ya no podemos hablarnos tan bien. Moraleja: háblate para hacer bien las cosas, háblate para mantener las emociones bajo control.
CONCLUSIÓN
Dale a la sin hueso, no te cortes, suéltalo. Despotrica, desahógate, despáchate a gusto. No te lo guardes, no te lo quedes dentro. Hablar no es de locos ni de pesados ni de obsesivos. Todo lo contrario! El habla es un sistema de comunicación que nos permite hacer cosas con otros, lo que a su vez fue la clave para la supervivencia y prosperidad del ser humano. Sí. Pero el lenguaje nos ha brindado un beneficio adicional: hablar sana! Y lo hace de tres maneras. Por un lado, cuando hablamos de lo que sentimos, de lo que nos atenaza, o cuando soltamos unas cuantas palabrotas porque no podemos aguantar, nos excitamos un poco pero enseguida nos quedamos mucho mejor, somos más capaces de afrontar desafíos y, a la larga, tenemos mejor ánimo y menos ansiedad. Por otro lado, la terapia, un espacio donde hablamos lo que tenemos dentro, nos reporta autoconocimiento y eso, a su vez, nos reporta tranquilidad, aceptación, autoestima, reconciliación con el mundo. Por último, nos hablamos para regularnos, para actuar de forma organizada y no dejar que un exceso de emoción nos arrolle, para poder ajustarnos a las necesidades de la situación. Habla para desahogarte, para comprender o para canalizar las emociones. Habla en todo caso. Y habrás sanado.

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