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EL PODER DE LA MÚSICA

Déjame adivinar, te gusta la música. ¿Por qué lo sé? Muy fácil: dime alguien que conozcas que no haya tarareado una canción, que no cante en la ducha, que no haya subido el volumen de la radio cuando suena la canción de moda, que no haya tenido una canción atascada en la cabeza alguna vez, que no prefiera cierto bar a otro porque en el primero ponen mejor música, que no haya pedido una canción al DJ, que no tenga grabada en la memoria la música de la cabecera de cierto programa, que no se haya puesto música motivante para hacer ejercicio o para barrer la casa, que no le haya cantado una nana a su hijo o sobrino, que no haya bailado en una verbena, que no se ponga canciones para recordar aquel verano o aquel viaje o que no ponga música para animar una reunión de amigos en casa. Sin embargo, según el CIS, el 70% de los españoles no va al museo ni a la biblioteca, un 60% dice estar poco o nada interesado en las artes plásticas y el teatro, el 50% no pisa nunca un cine, uno de cada tres no lee literatura de ningún género y, para el 75% de los encuestados, el motivo para viajar es ir a la playa y de compras y no precisamente recorrer la ruta del gótico cisterciense... La música tiene algo especial, algo que ninguna otra forma de arte tiene. Ni la literatura ni la escultura, la pintura o la arquitectura nos conmueven tanto como la música. Si es que suena, y no podemos evitar mover los pies y la cabeza, que se nos erice el pelo o que se nos escape una sonrisa o una lágrima! Entonces, ¿qué tiene la música?

En el artículo de hoy trataremos de resolver ese interrogante. Más en concreto, responderemos a las siguientes cuestiones. Primero, ¿qué es la música? En este punto aclararé un par de conceptos básicos, como melodía o ritmo, y como siempre, de una forma poco ortodoxa, pues el objetivo es hacerme entender y no hacer un tratado sobre música (que de ésos ya hay muchos y muy gordos y muy rimbombantes). Segundo, ¿cómo procesamos la música? Aquí entraremos una vez más dentro de nuestra cabeza, de la mano de las nuevas técnicas de neuroimagen, para saber qué es lo que pasa en el cerebro mientras escuchamos música y que explica lo que sentimos (que es mucho!) ante una canción. Tercero, ¿por qué la música es la forma de arte más popular? Dado su potente efecto sobre nuestro cuerpo y nuestras emociones, es fácil entender que la música sea la forma de arte más extendida. Pero es que hay más. En este punto defenderé que su efecto es directo y certero, que no necesita ningún trabajo mental, a diferencia de otras artes. Cuarto, ¿los homo sapiens hemos nacido para cantar y bailar? Descubriremos que sí, que somos seres musicales: la música está inscrita en nuestra biología. Quinto, ¿qué nuevas aplicaciones tiene la música? A estas alturas habremos aprendido ya que la música es súperpotente y que desencadena montones de reacciones en nuestro cuerpo. Será el momento de repasar nuevas formas de aprovechar ese poder, que la ciencia más actual está desarrollando. Fascinante...

1, ¿QUÉ ES LA MÚSICA?

Una catarata, un atasco en hora punta, un taladro en una obra de construcción, un cristal que se rompe, la lavadora en pleno centrifugado. Todo eso es sonido, moléculas de aire en movimiento. La música es sonido también, pero uno muy particular: es "sonido organizado". La música es un conjunto de sonidos combinados de cierta forma para crear un patrón concreto, uno que se puede reconocer y reproducir: una pieza musical.

Esa pieza tiene melodía y ritmo, aspectos ambos que nacen de la sucesión de dos o más notas. Cuando hay dos o más notas aparece el contorno, o sea, una línea que sube (notas más agudas) y que baja (notas más graves). Eso es la melodía. Y como cada nota tiene una duración (do-do-dooo, do-do-dooo), se produce un pulso particular: un ritmo. La música es, por tanto, una cadena de notas que van subiendo y bajando, dibujando una melodía, y que van ocupando más o menos tiempo, marcando un ritmo. Por fin, cuando dos o más notas suenan a la vez, se produce armonía: hay notas extra que se suman a la melodía principal para darle más cuerpo, textura. Así pues, una pieza musical es un patrón sonoro reconocible, que tiene una melodía, un ritmo y una armonía particulares.

Hay piezas musicales de distintos géneros y estilos. Según la duración y la estructura de la pieza, los géneros van desde la música clásica (con piezas largas o sinfonías, que se dividen en movimientos, cada uno con una melodía o tema) hasta los jingles (piezas de apenas un minuto que aparecen en los anuncios o como cabecera de un programa de radio o televisión), pasando por la música popular, que es el género más extendido, es decir, el que más se produce y consume. La música popular se basa en "canciones", que son piezas de tres o cuatro minutos con estrofas y estribillo. Debido a su enorme difusión, la música popular también se conoce como "mainstream" (que en inglés significa "corriente principal"). Por fin, dentro de la música popular o mainstream hay estilos como el soul, el rock, el folk, el EDM (electronic dance music), el reggae, el jazz o el flamenco. 

2, ¿QUÉ NOS PASA CUANDO ESCUCHAMOS MÚSICA?

La música nos pone el vello de punta, nos hace mover el esqueleto, nos devuelve a épocas pasadas, nos hace llorar de nostalgia y de emoción, nos motiva para afrontar un esfuerzo. ¿Cómo es posible? La respuesta está en el cerebro.

2.1. Cómo procesa el cerebro la música

En un primer momento, captamos la música como cualquier otro sonido. Las vibraciones de aire llegan al oído. En el interior del oído tenemos un órgano que es como un caracol relleno de líquido. Las vibraciones de aire lo menean y hacen que el líquido se mueva estimulando unos pelillos que tiene dentro. Una vez han captado los sonidos, esos pelillos los traducen a un patrón de señales eléctricas, que es el lenguaje que las neuronas saben interpretar. Llegamos al cerebro y ahora es cuando empieza la fiesta...

Por estudios con fMRI (como recordaréis, imagen del cerebro por resonancia magnética) sabemos que la música activa prácticamente todo el cerebro: la música pone al cerebro a trabajar de lo lindo! Para empezar, el lóbulo temporal (la parte del cerebro que nos queda más o menos debajo de las orejas) responde a la melodía, detecta esa cadena de notas que suben y bajan dibujando un contorno. Hay que decir que el lóbulo temporal también es el encargado de procesar el lenguaje. Resulta curioso que participe en la percepción musical pero tiene una explicación: las melodías se pueden tararear, lo cual es como una forma de hablar. No puedes tararear una canción sin pronunciar sílabas (du-bi-dá, tu-tu-tú, niano-niano-nái). Por otro lado, los acentos, esa musiquilla propia de la manera de hablar en cada región (el cántabru, el gallego, el pamplonica, el madrileño, el extremeño... ), en el fondo son también melodías. Y tampoco los puedes imitar sin pronunciar sílabas, sin hablar. Vaya que, cantar es hablar y hablar es cantar, de modo que no es extraño que el lóbulo temporal participe en ambos procesos.

La parte frontal del cerebro, encargada de planificar y de razonar, participa también en la experiencia musical. En concreto, la región frontal interviene porque está en todo momento anticipando qué va a ocurrir inmediatamente después: espera que las melodías y los ritmos sigan cierto patrón. Y se sorprende mucho cuando se produce una violación de lo que considera canónico. Como esta región tiene muchas conexiones con la parte emocional del cerebro (ya sabéis, la batalla entre jinete y elefante... ), cuando melodías y ritmos son los que esperamos, tenemos una sensación de confort, de satisfacción. Y lo contrario: las disonancias nos disgustan. Una curiosidad a este respecto: hay una armonía concreta, el tritono o 5a disminuida, que es muy disonante; tanto, que en la edad media estuvo prohibida por considerarse música del diablo... 

El hipocampo (que queda más o menos debajo del lóbulo temporal) se activa también ante la música. En él reside la memoria y, como tenemos asociadas las canciones a escenas de nuestras vidas, la música nos hace recordar, nos trae al presente momentos del pasado. Y rememorar esos momentos, a su vez, nos hace sentir emociones, como nostalgia, soledad o alegría. 

Aparte, hay otros efectos menos obvios y mucho más fascinantes. Las áreas motoras (unas quedan más o menos en la coronilla; otras, en el cogote) se activan también, reproduciendo los movimientos que fueron necesarios para producir la música. Y los circuitos de la emoción (núcleo accumbens, amígdala, etc.) se encienden también, reproduciendo la emoción implícita en la ejecución de la pieza. Esto tiene que ver con las "neuronas espejo", un concepto que requiere explicación. 

A finales de los '90 unos investigadores estaban estudiando cómo controlamos nuestro movimiento desde el cerebro, empleando chimpancés como cobayas. Les colocaban un casco que registraba la actividad de su cerebro mientras realizaban movimientos, como coger una pelota. Un día un investigador estaba preparando la situación para hacer un nuevo experimento. Ya le había puesto el casco al chimpancé y cogió una pelota para dejarla junto al animal. Los compañeros descubrieron que las áreas responsables del control motor del chimpancé se habían activado en ese momento. Pensaron que sería un fallo de la máquina, pues el animal permanecía inmóvil y aún no había agarrado la pelota, sólo estaba mirando cómo lo hacía el investigador. Repitieron el experimento varias veces y también en distintas versiones. Descubrieron que ciertas neuronas se activan no sólo cuando realizas una acción sino también cuando ves a otro realizarla. Este mecanismo está en la base del aprendizaje por observación (puedes imitar lo que hace el otro porque mientras observabas cómo lo hacía, tu cerebro ya lo estaba "practicando") y de la empatía (entiendo lo que estás viviendo porque al ver tus gestos yo lo "vivo" también). 

¿Cómo se aplica esto al caso? Toda música requiere movimiento en origen: soplar y mover los labios, dar palmas, agitar un sonajero, golpear un bombo, golpear un tambor, soplar una flauta, pulsar las teclas de un piano... Cuando escuchas música, tu cerebro "revive" esos movimientos implícitos; tu cerebro "se mueve" con la música. De hecho, es difícil no mover los pies, la cabeza o las caderas al compás cuando escuchamos música, y tenemos que hacer un esfuerzo consciente para reprimirlo. Por otra parte, toda música se interpreta con emoción, que queda impresa en la intensidad y el tempo de la ejecución. La alegría, el orgullo, la admiración o el amor, se interpretan con fuerza, con vigor, con presteza; la tristeza, el miedo, la vergüenza, la introspección, se tocan suave y lento. Al percibir esa intensidad y velocidad en la música, nuestro cerebro asume la perspectiva del ejecutante y siente lo mismo que él cuando interpretó la pieza: revivimos la emoción que está implícita en la música. De hecho, en las partituras se añaden términos del tipo "crescendo", "andante", "allegro" o "presto" para dar pistas al ejecutante sobre la intensidad y la velocidad con que debe interpretar la pieza para imprimir la emoción apropiada. Así pues, gracias a las neuronas espejo, cuando escuchamos música, recreamos el movimiento y la emoción que lleva implícitos, aunque no nos movamos de la silla ni sepamos tocar siquiera una nota en una flauta dulce. Nuestro cerebro baila y vive la música como el músico. Por eso la experiencia musical es tan intensa.

Recapitulando, escuchar música implica múltiples y dispares partes del cerebro: las que tenemos debajo de las orejas, las que están en la coronilla, en el cogote, en el corazón del cráneo y detrás de la frente. Bajo el fMRI eso debe de "aparecer en colorines"! (como diría una amiga y ávida lectora de este blog ;)). Y toda esa actividad cerebral se traduce en una experiencia de enorme intensidad: percibimos melodías y ritmos, (1) que nos resultan agradables, (2) que nos traen recuerdos, (3) que nos hacen bailar y (4) que nos hacen vibrar. Y conviene resaltar que la experiencia emocional es triple: hay sentimientos de confort cuando melodía y ritmo son armoniosos, hay sentimientos al rememorar escenas de nuestro pasado ligadas a las canciones y hay sentimientos por percibir la emoción implícita en la música e identificarnos con el ejecutante. Sentimiento, sentimiento, sentimiento.

Para visualizarlo mejor, la experiencia de escuchar música puede entenderse como una transducción, el proceso por el cual una energía se convierte en otra. Igual que una máquina de vapor convierte calor (energía térmica) en movimiento (energía mecánica), nuestro cuerpo es un transductor que convierte música en movimiento y sentimiento. Convertimos tonos y ritmos, que a la postre son sólo vibraciones de aire, en verdaderas experiencias corporales; experiencias de carne y hueso. La música nos conmueve de verdad! (Podéis ver en este vídeo una prueba muy gráfica de que escuchar música es transducirla en movimientos corporales... ;))

2.2. ¿Existe la música más bailonga?

Hay que decir que no hay una música o canción concreta ideal, que nos haga vibrar y sentir más que ninguna otra; si bien sí hay algunos elementos que parecen claves. Analicémoslo.

En primer lugar, es lógico que no exista la canción emotiva por excelencia, puesto que la experiencia musical es subjetiva. Según hemos visto, las canciones nos traen recuerdos y, aparte, conectamos con la emoción del ejecutante vía neuronas espejo. Ambas cosas nos hacen sentir, sí. Pero como los recuerdos son personales, la carga emocional de los mismos también será personal; y aunque conectemos con la emoción implícita en la música, cada uno de nosotros somos más o menos sensibles (nos afectan más o menos las cosas) y más o menos expresivos (nos dejamos llevar por la emoción o nos reprimimos). En fin, cada quien se toma la música a su manera.

Dicho esto, la iniciativa Groove Project, muy ingeniosa, está intentando encontrar el origen del "groove", esa cosa misteriosa que nos hace movernos especialmente con determinadas canciones. El estudio expone a los participantes a múltiples y variadas canciones. Registra su movimiento espontáneo, su actividad cerebral y les pide juzgar cuán conectados se han sentido con la música. De esta manera, han encontrado que las canciones más potentes parecen tener un denominador común: las raíces africanas! Son canciones con "soul" (que no en vano, significa "alma"), con raíz, como "superstition" de Stevie Wonder. Han visto también que cuanto mayor movimiento demostramos ante una canción, más activos están los circuitos cerebrales del placer y más dopamina producimos.

3, ¿POR QUÉ LA MÚSICA ES LA FORMA DE ARTE MÁS POPULAR?

Todas las artes nos emocionan. La literatura, el cine, la pintura, la escultura, la arquitectura, nos conmueven en mayor o menor medida. Pero también sabemos, porque ya nos hicimos eco de las cifras del CIS, que en la práctica son muy pocos los que van a museos, a bibliotecas, a espectáculos, o que dan un sentido cultural a sus viajes. Ahora, mira el éxito de los festivales de música en España como el Primavera Sound de Barcelona, el Bilbao BBK Live, el FIB de Benicássim o el Starlite de Marbella, que mueven más de 400 millones de euros y atraen a un millón y medio de personas... Eso son palabras mayores. ¿Por qué la música es el arte más popular?

3.1. La música tiene un efecto potente

Una primera razón es la intensidad de la experiencia musical: el efecto de la música es súperpotente. Hemos visto que escuchar música es una experiencia de lo más completa: implica a las áreas del lenguaje, las de la memoria, las encargadas de emitir juicios, las del movimiento y las de la emoción. En fin, un cerebro trabajando a tope; no creo que otras experiencias estéticas sean de tal impacto...

3.2. La música tiene un efecto directo

Pero el elemento clave de escuchar música, el que de verdad es exclusivo de la experiencia musical, es que es un efecto directo y certero. Lo explico.

¿Qué nos ocurre con el cine? Cuando ves una película te llegas a identificar con el protagonista y entonces sientes con él y por él: si lo persiguen, te agitas; si se enamora, te da ternura; si logra un triunfo, te alegras; si no es correspondido en el amor, sufres. Te conmueves, sí, pero debes dedicar algo de tiempo y poner al menos un poco de tu parte para alcanzar esa compenetración. Por otro lado, el resultado de tu esfuerzo es incierto: puede que al final las reacciones del personaje te parezcan exageradas, cursis; o pueden parecerte historias demasiado alejadas de tu vida, disparates. Eso puede hacer que termines por tomar distancia y desconectar. Y entonces ver la película se convierte nada más en averiguar cómo se resuelve la trama pero sin emocionarte.

¿Qué nos ocurre con una novela? Pues lo mismo que con el cine. También te llegas a identificar con el protagonista y "vives" sus aventuras y desventuras. Pero eso requiere algo de tiempo y esfuerzo, sobre todo si el estilo del autor es retorcido, o demasiado prolijo o demasiado sintético. A eso hay que añadir, al igual que antes, que puede suceder que descubras que tienes poco que ver con el protagonista y entonces desconectes emocionalmente... 

¿Qué pasa con la pintura y la escultura? Primero hay que decir que en estas artes hay dos grandes estilos o familias de estilos: la figuración y la abstracción. En la figuración (y sabemos algo de esto porque ya estudiamos el lenguaje figurado) se intenta representar la realidad, las cosas materiales, de una forma más o menos fiel. Se pintan o esculpen personajes y objetos, que además están inmersos en contextos o situaciones concretas. Así, por ejemplo, un cuadro puede retratar a unas personas tomando algo en la terraza de un café, a un matrimonio trabajando el campo o a unos marineros enfrentando una tormenta. Una escultura puede representar a un hombre pensativo, a un soldado a caballo o a una madre sosteniendo a su hijo muerto. En la pintura y escultura figurativas la clave está, una vez más, en que la escena tenga que ver contigo. Si la obra representa una batalla, un acontecimiento histórico, un dios griego o un bodegón, seguramente te parezca más o menos bonita pero no te "toque dentro". Ahora, si la situación te resulta de algún modo familiar, si puedes identificarte con los personajes, te conmoverás: sentirás con y por el personaje.

Respecto a la pintura y esculturas abstractas, éstas lo que hacen es despojar al objeto de todos sus elementos superfluos para dejarlo reducido a sus rasgos más elementales. Un círculo rojo sobre fondo blanco puede ser el sol del amanecer. Dos círculos que se tocan pueden ser dos amantes dándose un beso. Y unos brochazos amplios o unas salpicaduras o cortes en el lienzo pueden representar la ira o la desesperación, pues requieren esa base emocional para su elaboración. Conmoverse ante una obra abstracta va a depender de la cantidad de pistas que contiene. Si el artista logra preservar los rasgos mínimos para reflejar una emoción, entonces es posible conmocionarse contemplando la obra. De hecho, las neuronas espejo se activan también cuando vemos brochazos o cortes en el lienzo: al verlos, nuestro cerebro recrea el movimiento y la emoción que fueron necesarios para producir el cuadro. Pero no se activan ante líneas equivalentes que son sólo rayas y no dan pistas sobre su origen. Hay estudios sobre esto. Y si la abstracción es muy grande, porque ya no hay casi conexión con el mundo real, porque uno tiene delante una simple figura geométrica o una mole de hierro amorfa, entonces la experiencia pasa a ser intelectual: es arte conceptual. Ahí hay un mensaje, que pretende hacerte reflexionar; y para que eso ocurra debes pararte a pensar. Pero ya no se trata de sentir, de moverte a donde la obra (y tu cuerpo) te lleve, sino de pensar. Es algo sesudo, no visceral...

¿Qué pasa con la arquitectura? La arquitectura, por definición, es abstracta. Los techos altos de las catedrales lo son porque quieren acercarse a dios, y sus vidrieras son luminosas porque dios es la luz del mundo. Las iglesias románicas son pequeñas y sombrías porque pretenden invitar al recogimiento y la oración. Los palacios son colosales y suntuosos porque así denotan riqueza y poder. De este modo, la arquitectura representa conceptos, como adoración a dios o humildad, pero a través de un código, no de forma directa. Esto es, has de desentrañar esos significados, que no son evidentes. De nuevo, debes pararte a pensar; es algo sesudo. 

Sí es cierto que la arquitectura puede despertar emociones de manera directa: cuando experimentas el edificio en primera persona. Por ejemplo, si subes al campanario de una iglesia o a la torre de un palacio, la vista y la altura impresionan; si cruzas una pasarela con suelo transparente que discurre sobre el mar, la sensación es de navegar desde la proa de un barco; si entras en una capilla un día de verano a las 12 del mediodía, el frescor y la oscuridad del interior te transportan a otra dimensión. En fin, si lo puedes tocar, pasear, experimentar, un edificio puede ser conmovedor. Pero la mayoría de las veces la experiencia queda en algo intelectual: juzgar si el diseño es más o menos acertado, valiente, innovador. 

¿Qué pasa con las llamadas artes escénicas, el teatro y la danza? Yo apuesto a que ante el teatro y la danza tenemos una experiencia intensa, casi tanto como la de escuchar música. Y la razón es la de siempre: hay claves suficientes para sentir con y por el protagonista. Ya hemos aprendido cómo funcionan las neuronas espejo: nuestras áreas motoras y emocionales se activan cuando vemos a otro hacer y sentir; nos contagiamos de su acción y sentimiento. Puesto que el actor de teatro y el bailarín son humanos, como tú, y están interpretando en vivo y en directo, es imposible resistir que nos arrastren, que nos secuestren para ponernos bajo su piel. Es como una abducción: te sacan de la silla y te colocan en su pellejo, y entonces comienzas a volar a merced del artista, como un papelillo en un remolino de aire. 

Y esto puede ocurrir incluso si la obra es abstracta. ¿Por qué? Pues como vengo explicando, porque aún así sigues teniendo pistas claras sobre la acción y la emoción que el artista despliega, aunque esté haciendo movimientos sin sentido aparente. En todo caso, él sigue ahí, demostrando miedo, furia, fuerza, desesperación; con los músculos en tensión, con los ojos húmedos, con los dientes apretados, con la voz en grito... Sea lo que sea lo que estén representando sus tripas están ahí, vivas y coleando. Y al percibirlo no puedes evitar contagiarte.

Dicho esto, persiste la necesidad de poner cierta atención en la obra, de hacer un esfuerzo (por pequeño que sea) por seguir la historia. Vaya, que puede pasar que te despistes y pierdas feeling. 

3.3. Resumen: la música es potente y directa

Recapitulemos. Las artes distintas de la música, como la pintura, la literatura o la arquitectura, también nos hacen sentir. La cosa es que, por lo general, nos hacen sentir menos. Una razón es que su impacto difícilmente puede compararse al de la música, que ya sabemos que implica a buena parte de las regiones (y funciones) del cerebro: procesar música es para el cerebro una fiesta multicolor! La razón principal es que además de potente, el de la música es un efecto directo, que no requiere mediación de ningún tipo. Una película, un cuadro, una novela te pueden enganchar pero debes dedicar cierta atención y tiempo y cabe que al final la obra te resulte irrelevante, algo alejado de tus inquietudes y tu mundo interior. El arte abstracto, en el que se incluye la arquitectura, es en buena medida conceptual, lo que exige manejar códigos y hacer una labor de análisis. Las artes escénicas emplean actores de carne y hueso, que actúan en tiempo real a escasos metros de ti, que encarnan emociones de las que te contagias. Sí. Sin embargo, requieren igualmente cierta cooperación por tu parte para no perder el hilo de lo que pasa sobre el escenario. En resumidas cuentas, cuanto mejor reflejen experiencias corporales, mayor impacto tienen las artes en el espectador; pero rara vez las reflejan con tanta transparencia, tanta honestidad, como la música. La música es una flecha directa al corazón. Irresistible.

4, ¿SOMOS MUSICALES POR NATURALEZA?

Ha quedado claro que la experiencia musical es la más potente, la más directa y la más certera. Ahora queda pendiente una cuestión y es por qué somos tan sensibles a la música, por qué parecemos diseñados para responder a lo bestia a la menor melodía o ritmo. A continuación voy a argumentar que la música está en la biología del homo sapiens, que hemos nacido para musiquear. Por supuesto, lo haré basándome en la ciencia, como no puede ser de otra manera. 

Para sostener que somos seres musicales, un auténtico "homo musicalis", debo demostrar dos premisas. Una es que nuestra musicalidad es innata, que está codificada en nuestra biología. La otra es que la música cumplió una función clave para la supervivencia en algún momento de la evolución humana. Vamos por partes.

4.1. La musicalidad es innata

La primera cuestión es si demostramos musicalidad tempranamente en nuestro desarrollo. Ya os adelanto que la respuesta es un sí rotundo. Para empezar, a la pronta edad de 18 semanas, los fetos comienzan a escuchar los sonidos que llegan al útero y que el líquido amniótico amplifica. Además, los bebés recién nacidos reconocen la voz materna, la lengua materna y las canciones que les ponían cuando aún estaban en el vientre de mamá. Sabemos todas estas cosas por estudios que emplean técnicas adecuadas a los bebés. Por ejemplo, se registra su actividad cerebral (con un gorrito que lleva unos electrodos), su ritmo cardíaco o su ritmo de succión del chupete ante determinados estímulos. Así observamos que sus reacciones son específicas a cada estímulo, lo que significa que es capaz de distinguirlos.

Otra cosa que sabemos es que los bebés en el útero materno son capaces de sincronizar su frecuencia cardíaca a la de su mamá. Una máquina especial, basada en los cambios en los campos magnéticos, es capaz de captar los latidos del bebé desde el exterior. Cuando la madre se relaja, el bebé acompasa su corazoncito. Puede considerarse un sentido del ritmo elemental.  

Más impresionante todavía: los bebés reconocen escalas. En el estudio se coge a bebés de cuatro meses, se les coloca el gorro con electrodos y se les presentan varias melodías. Unas son canónicas, siguen escalas naturales; otras son disonantes. Ante las del segundo tipo, la actividad eléctrica de su cerebro exhibe un pico eléctrico particular, el que se produce siempre (también en adultos) ante hechos incoherentes, cosas inesperadas que violan los principios de la física o la psicología. 

Y lo mismo pasa con ritmos. Si los bebés son expuestos a ritmos acompasados, su cerebro no muestra ninguna actividad anómala. Pero si el ritmo es caótico, el susodicho pico eléctrico vuelve a aparecer. 

Hay más: a los 10 meses, antes de saber caminar o hablar, saben seguir el ritmo. Sincronizan sus movimientos (los que sean capaces de hacer a esa edad) al ritmo. Y si queréis flipar viendo lo que son capaces de hacer a los seis años, mirad este vídeo...

En estudios con adultos se ha encontrado que tenemos un ritmo natural. A los participantes se les presentan sonidos de golpes que son producidos aleatoriamente por un ordenador y que entonces llevan un ritmo caótico. Se les entrega una baqueta y un tambor y deben reproducirlos. Lo que se observa es que la gente termina por "normalizar" los ritmos, o sea, acaban reordenando los golpes y asimilándolos a ritmos canónicos. Somos incapaces de ser arrítmicos aunque nos lo hayan pedido!

Por último, la investigación ha intentado identificar animales (distintos del humano) capaces de seguir un ritmo y el éxito hasta la fecha es muy modesto... Los chimpancés, como bien sabemos, tienen una gran inteligencia manipulativa. Pueden usar medios para conseguir fines, incluso si ello exige imaginar posibles soluciones, primero, y luego, combinar varios objetos y hacerlos funcionar de forma coordinada. Sin embargo, no saben seguir un ritmo; cosa que, recordemos, hace un bebé de 10 meses.

La búsqueda no ha sido del todo en balde: hay un animal que sí parece saber bailar al son de la música. Se trata de cacatúas y papagayos. Y no es casualidad, pues son animales capaces de producir sonidos complejos. Esto significa que para seguir un ritmo que escuchas debes ser capaz de producir ritmos. De nuevo, se pone de manifiesto la estrecha conexión entre acción y percepción: percibir es hacer y puedes hacer lo que percibiste. Con las focas, también capaces de generar sonidos complejos, el resultado es menos claro: sí logran bailar pero tras un entrenamiento. 

En conclusión, demostramos musicalidad muy tempranamente, sin haber tenido ocasión de estudiar y practicar. Los bebés distinguen melodías y ritmos armoniosos de los que no lo son y saben bailar a los 10 meses. Ese logro lo alcanzan sólo un puñado de animales más (entre los que no se incluye el chimpancé), que son aquellos que saben cantar.

4.2. La música fue clave para la supervivencia

Por otro artículo sabemos que si una habilidad compleja (a) aparece pronto en el desarrollo y (b) sin que haya habido enseñanza, se considera parte del "equipamiento de serie" de una especie. Acabamos de ver que ambos requisitos se cumplen en el caso de la habilidad musical en los humanos. Una vez demostrada la naturaleza innata de una habilidad hay que preguntarse para qué nos sirve tal habilidad, pues de otro modo no se habría fijado en nuestra biología. ¿Para qué nos sirvió la música? ¿Por qué nacemos para cantar y bailar?

La música ha jugado varios papeles en nuestra historia, todos ellos clave para prosperar como especie. Sabemos, porque lo estudiamos en otra ocasión, que el humano es un ser social y lo es porque la única forma de afrontar y resolver las tareas vitales que le corresponden, como buscar alimento, construir refugio o crear y criar bebés, es haciéndolo en grupo. Bien, pues para hacer cosas en grupo hace falta cohesión, que nos sintamos unidos los unos a los otros, que sintamos una identidad común. Una forma de transmitir y reforzar esa identidad son los mitos y los ritos. Con los mitos me refiero a personajes e historias fantásticos que encarnan los ideales, los valores y las costumbres del grupo. Y con los ritos me refiero a las actividades grupales que se realizan no con una finalidad práctica (como alimentarse o defenderse) sino de comunión, de exaltación de la identidad del grupo. En esos ritos habría cánticos, oraciones, ritmos, bailes. Y los mitos se recogerían en canciones porque así son más agradables y memorables. 

Un apoyo a esta idea es lo que ocurre con los gibones. Los gibones son unos monos de brazos largos que viven en los árboles de las selvas de Asia. Tienen un cuello muy ancho que les permite emitir sus cantos, que se transmiten a grandes distancias y que están ordenados en estrofas. Bien, pues cuando el macho canta, la hembra se le une, formando un dueto. Lo curioso es que los gibones son monógamos, mantienen la misma pareja durante toda la vida. Una hipótesis es que cantar juntos forma un vínculo fuerte, que explica que vivan juntos para siempre. La música, efectivamente, nos une.

Las tareas vitales del ser humano son grandes, y por eso requieren trabajo en equipo, pero también complejas, lo que reclama conocimiento especializado. Por suerte, ese conocimiento lo van acumulando las generaciones anteriores y pueden transmitirlo a las posteriores, evitando que tengas que aprenderlo todo por tu cuenta y riesgo. Una manera de codificar esos conocimientos es la música. De hecho, en todas las culturas hay canciones para aprender conceptos. Una muy conocida es "alphabet song" para aprender las letras en inglés. ¿A que sabéis cuál es? Como he dicho, una ventaja de codificar el conocimiento en canciones es que éstas son agradables y memorables. (Nota mental: voy a convertir mis explicaciones de clase en canciones... )

Estas tareas que realizamos en equipo, como recoger la cosecha, arrastrar troncos con los que construir una cabaña o remar en la misma dirección, requieren coordinación. Aquí la música podría haber jugado un papel también. Un tambor podría haber acompasado las remadas, una canción podría recordar los pasos a dar cuando se hacía la cosecha, un cántico podría dar ánimos a los hombres esforzados que arrastraban cargas pesadas. De hecho, la investigación reciente pone de manifiesto los efectos positivos de escuchar música en el rendimiento en deportes de resistencia como carrera a pie, ciclismo o natación. Es tan potente su efecto, que algunas organizaciones deportivas la han prohibido durante la competición. El beneficio se debe a varios mecanismos: la música te distrae de la fatiga, sincroniza tus movimientos con el tempo de la música y despierta sentimientos positivos. 

Otra función que pudo cumplir la música es calmar la tensión y el dolor. En concreto, pudo servir para calmar el llanto del bebé. De hecho, hay estudios que han puesto a prueba el efecto terapéutico de coger al bebé en brazos y mecerlo suavemente cuando está llorando desconsolado. En estos estudios se ha comprobado que mecerlo, o sea, sostenerlo y "bailar con él" a ritmo suave, reduce su llanto, su frecuencia cardíaca y le proporciona más y mejores horas de sueño. Lo interesante es que esto no ocurre si simplemente lo sostienes; la clave es mecerlo, bailar juntos.

Y hay evidencias del poder calmante de la música en adultos. En varios estudios se les han aplicado distintos tratamientos postoperatorios a pacientes de cirugía. A unos se les pone música y a otros no. El resultado es que la música alivia el dolor y la ansiedad en la mayoría de los casos, especialmente cuando es el paciente quien ha elegido las canciones.

Por último, la música ha podido también tener un papel en el cortejo y, por tanto, en la reproducción. Los y las mejores bailarines resultan más atractivos al sexo opuesto, lo que podría haberles dado ventaja reproductiva y explicar muy elegantemente por qué somos tan musicales. En un estudio se reunió una muestra amplia de hombres y mujeres y se les hizo bailar mientras eran grabados en vídeo. Bailarines expertos vieron los vídeos para juzgar las habilidades para la danza de cada cual. Luego, con una técnica de edición de imagen, el cuerpo y la cara de los bailarines quedó convertido en una figura masculina o femenina anónima. Y ese vídeo se mostraba a otro grupo amplio de participantes, que debían juzgar cuán atractivo les resultaba el bailarín. El resultado es elocuente: los mejores bailarines son considerados más atractivos. Y que conste que depende en exclusiva de sus habilidades bailongas, pues su cara y otros aspectos que pueden influir en el atractivo fueron eliminados digitalmente. La preferencia por el mejor bailarín fue fue más marcada entre las mujeres. La inclinación hacia los mejores bailarines puede explicarse de dos maneras. Una hipótesis es que mejor baile suele asociarse a mayor simetría en el cuerpo, lo que a su vez es un signo de salud; y un hombre más sano será más capaz de darme buena descendencia y de colaborar en la crianza de los niños. Otra hipótesis es que buen baile refleja buena coordinación, lo que a su vez es crucial en la ejecución de tareas complicadas, como recolectar, cazar o construir herramientas. Si quieres gustar, menea tu culito; pero menéalo bien... ;) (Puedes practicar con esta canción.)

Por último, un apoyo más a esta idea de que la música pudo desempeñar funciones cruciales en nuestra historia es el estudio arqueológico. Se han encontrado toda clase de instrumentos musicales en todos los asentamientos humanos, sean de la época y el lugar que sean. De hecho, el registro material del paleolítico es amplio y, sorprendentemente, la tecnología y la artesanía necesaria para su
fabricación es difícil de reproducir incluso hoy.

4.3. Conclusión: la música es nuestro lenguaje primitivo

He intentado defender que somos seres musicales por naturaleza, una suerte de "homo musicalis". Para ello, he mostrado evidencias de que alcanzamos un dominio notable de las habilidades musicales, como sensibilidad a la melodía y capacidad para seguir un ritmo, a edades bien tempranas. Aparte, he argumentado que la música jugó un papel crucial en nuestra supervivencia, desempeñando funciones de cohesión grupal, transmisión de conocimientos y relaciones interpersonales, todas ellas respaldadas por estudios actuales. Por último, sabemos por el registro arqueológico, que hubo instrumentos musicales en todas las culturas, en todo tiempo y espacio donde hubo humanos. A la luz de todos estos argumentos y evidencias, creo que la conclusión es indiscutible: nacimos para cantar y bailar! :) 

Podemos considerar a la música como otra forma de lenguaje. Hay que recordar que el lenguaje también cumple funciones de facilitación de las relaciones interpersonales, de transmisión cultural y de cohesión. Por tanto, los dos son sistemas análogos; ambos son herramientas para la comunicación. De hecho, y como ya mencionamos antes, ambos involucran al lóbulo temporal del cerebro, donde residen las habilidades comunicativas (una lesión en el lóbulo temporal afecta a la producción y comprensión de mensajes: hay menor fluidez verbal, errores en la sintaxis, dificultad para captar el meollo o el sentido de lo que te dicen, alteraciones en la entonación y el ritmo del discurso o incluso pérdida de control sobre los gestos faciales).

Es más, la música pudo ser una forma de lenguaje primitivo, pudo haber llegado antes que el lenguaje oral. Un apoyo a esta hipótesis es que los bebés reproducen el ritmo y la entonación (lo que se conoce como "prosodia") de su lengua materna antes de decir palabras. O sea, "cantan" lenguaje antes de utilizarlo con propiedad. Y además, en todas las lenguas existe el "motherese" o "baby talk", esa manera especial de hablarles a los bebés. Cuando nos dirigimos a un bebé, espontáneamente nos da por elevar el volumen y el tono, y exagerar las variaciones entonacionales y el ritmo. Y es que así aceleramos el aprendizaje de la lengua por parte del bebé, tal como revelan los estudios. En un experimento se pidió a un grupo de participantes que aprendieran un idioma nuevo que se habían inventado los investigadores. En una condición eran expuestos al idioma sin prosodia; en otra, con prosodia; en otra más, con prosodia pero incoherente. Los que escuchaban el idioma con prosodia aprendieron mucho más rápido que los participantes en las otras dos condiciones. En fin, que lo que primero captamos y lo que primero reproducimos es la prosodia, la musiquilla del habla. No es descabellado pensar que esa musiquilla sin palabras fuera el lenguaje original. Atención: la música pudo ser no otro lenguaje, complementario al oral, sino el primer lenguaje. A mí me parece precioso, qué queréis que os diga...

5, ¿QUÉ NUEVAS APLICACIONES TIENE LA MÚSICA?

Creo que a estas alturas de la película ya todos estamos convencidos del poder y la importancia de la música. Hemos visto que ha cumplido distintos papeles en nuestra historia y que su impacto en nuestro cuerpo es potentísimo. ¿Hay alguna manera de aprovechar esos poderes para mejorar nuestras capacidades o preservarlas cuando hemos sufrido un daño? Como podéis imaginar, la respuesta es sí. Se están desarrollando montones de aplicaciones de la música, que además están probando ser eficaces, según investigaciones que no paran de salir.

Entre estas aplicaciones está la terapia cognitiva en enfermos de Alzheimer, la reducción de la ansiedad en personas que sufren estrés, el refuerzo del sistema inmune, la mejora del rendimiento en deportes de resistencia como el ciclismo, la mejora del rendimiento en deportes de fuerza como las pesas o desarrollar mayor aptitud espacial y numérica y coordinación motora aprendiendo a tocar un instrumento en la infancia. Todas han sido estudiadas con resultados positivos. Es un campo muy prometedor. 

Me quiero detener en un par de aplicaciones concretas. Una línea de investigación reciente explora las actividades más idóneas para preservar las habilidades físicas en la vejez. En uno de los estudios, por ejemplo, se juntó un grupo de mayores y se los puso a practicar ejercicio tres veces por semana durante una hora. Unos hicieron bicicleta estática; otros, practicaron baile; otros más, no hicieron nada. Pasados seis meses se evaluaron aspectos como la calidad de la masa muscular o la coordinación motora. Pues bien, quienes más preservaron sus capacidades fueron los que bailaron, por encima de los que hicieron bici y, claro está, por encima de los que practicaron cero ejercicio. La clave está en la unión músculo-nervio, la función neuro-muscular. Hacer un ejercicio repetitivo tiene cierto efecto sobre el músculo pero no sobre el nervio, que conecta músculo y cerebro. Para eso hace falta una actividad que demande un componente extra, como realizar patrones complejos de movimiento y hacerlo al compás de la música. De nuevo, el mensaje es claro: mueve tu culito, pero muévelo bien. ;)

Otra cuestión que surgió en los '90 pero que sigue dando que hablar es el conocido como "efecto Mozart". En el estudio original se expuso a los participantes a distintas músicas: música minimalista, música de relajación, música dance, música de Mozart o silencio. Tras unos minutos de exposición se pidió a los participantes que resolvieran tareas de aptitud espacial (como determinar si dos figuras complicadas en posiciones distintas son la misma o no). Quienes habían escuchado a Mozart rindieron significativamente mejor que el resto. Esto se publicó en una revista de gran impacto y luego los medios lo anunciaron a bombo y platillo, y todo acabó con la promesa de que puedes convertir a tu bebé en un genio poniéndole sonatas de piano del barroco tardío en la cunita... A ver, el estudio existió y obtuvo esos resultados, lo que pasa es que otros equipos de investigación intentaron replicarlo y el resultado está lejos de ser consistente: algunos encuentran ventaja para quienes escuchan música clásica pero el beneficio es más pequeño (o nulo, incluso) y se aplica a cualquier compositor de obras con un mínimo de complejidad, como Schubert. Por otro lado, otros estudios sí han encontrado beneficios de escuchar música (versus permanecer en silencio) antes de realizar una tarea intelectual, ya sea espacial o de otro tipo, como aritmética o la comprensión de un texto. En fin, cuando el río suena, agua lleva: aquí hay algo y merece la pena seguir investigándolo. Ahora, 10 minutos de Mozart no te van a transformar en Pitágoras de una vez y para siempre.

Para terminar, una aplicación muy curiosa. Cuando estamos tristes es muy común que nos pongamos música triste. Uno podría pensar que añadir leña al fuego sólo va a intensificar tu tristeza y sumirte en una depresión de caballo. Pero no: la música triste nos reconforta cuando estamos tristes. Consigue tal efecto mediante dos mecanismos. Por un lado, la música, aunque sea triste, sigue provocando que liberemos sustancias placenteras como la oxitocina, causando una especie de "puente" en el cableado del cerebro: es una pena que produce placer, luego es una pena "segura" (es como pasar miedo con una peli de terror: te asustas pero no mueres de infarto porque sabes que es ficción). Por otro lado, reconforta saber que hay más gente que se siente o se ha sentido como tú en este momento, que no estás solo en tu penar. 

CONCLUSIÓN

Quién no tararea una canción, quién no canta en la ducha, quién no se pone música para motivarse o animar una reunión, quién no mueve los pies al escuchar a Stevie Wonder, quién aguanta la emoción viendo cantar a una diva del soul. La música entra en nuestra cabeza como una simple corriente, un pequeño remolino en las moléculas del aire, pero luego se pone a encender todo lo que pilla a su paso, incluyendo las áreas del lenguaje, la memoria, las áreas motoras y los circuitos de la emoción, y el resultado es una conmoción gigantesca, un terremoto que resucitaría a un muerto. Para mí, la experiencia musical es tan intensa que os juro que escuchar cantar a Beyoncé o Rosalía ya merece una vida: podría morirme tras haberlas escuchado y lo haría feliz y satisfecho. Ni una sola célula, ni una sola molécula, ni un sólo átomo de nuestro cuerpo son insensibles a la música. Y es que seguimos el corazón de mamá ya estando en su vientre y nacemos sabiendo ya reconocer melodías y ritmos y que nos mezan nos reconforta como el mejor analgésico y por los bailes de nuestro compañero sabemos de su vitalidad. La música nos acompaña desde el minuto uno, está inscrita en nuestra biología y tiene cada vez más aplicaciones; además es un placer. Cantemos, bailemos, escuchemos, hablemos con nuestros acentos regionales. Musiqueémos. 


Camaradas, sin difusión no hay revolución. Comparte si te ha gustado. El saber es poder; hagamos a más gente poderosa.

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